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Un crimen de odio en la ciudad del poder - Revista Anfibia botas negras maderas para mujer

El 6 de septiembre de 2015, a Marcela Chocobar la asesinaron con saña. De ella, una trans en el esplendor de su transformación, hallaron sólo su cráneo perfectamente cercenado entre la segunda y tercera vértebra. En abril una jueza metió presos a tres varones acusados por el homicidio, al que se niega a caratular como femicidio. Pero la familia Chocobar no cree que el horror pueda explicarse así de fácil: están convencidos de que los tipos que levantaron esa noche a Marcela fueron sólo instrumentos de algo peor, de una maldad cuya existencia se explicaría sólo si proviene del poder.



Fotos: Gentileza Diario Tiempo Sur

 

La noche del fin del mundo tiene nombres de guerra fría. El antro donde se menean los patagónicos al ritmo de la bachata se llama Cuba. El otro, donde alternan con movimientos del pop latino, es Russia. A la medianoche de un viernes de agosto las mesas están casi vacías. Las sillas de cuerina roja ordenadas, puestas a punto. En la barra dos chicas mezclan indescifrables alcoholes de color en vasos de litro. Un grupo de chicos se los toman de largos tragos y ríen en la mesa que da a la calle. Es temprano para la noche de Río Gallegos, Russia se pone cerca de las tres de la mañana. A esta hora arden las “previas” en las casas bien calefaccionadas de la ciudad. Hacia el fondo, la pista vacía. En esa pista reinó la última noche de su vida la travesti más linda que haya pisado este confín de la capital de la provincia de Santa Cruz. En esa barra se la ve —por los videos de seguridad que ahora forman parte de un expediente judicial— alternar con el personal y con los habitués, jugando siempre a que el pelo naturalmente le cae a un costado del cuerpo esculpido. La madrugada del 6 de septiembre de 2015 a Marcela Chocobar, 26 años, en el esplendor de su transformación, alguien la asesinó con odio. De Marcela hallaron sólo su cráneo perfectamente cercenado entre la segunda y tercera vértebra, sin tejido blando porque el asesino quiso quitarle con un elemento cortante todo rastro humano a lo que fue un rostro bello. Un poco más allá, en un terreno baldío del desolado barrio San Benito, envueltos en un nylon de obra en construcción negro, hallaron una cadenita, un vestido negro, un saco negro, una bota bucanera blanca cortada a la altura de la rodilla y la larga cabellera rubia de Marcela Chocobar.

 

Primero fue el silencio de la desaparición. El hallazgo demoró 15 días. Por la tarde del domingo 6 sus hermanas comenzaron a preocuparse. Las Chocobar son un clan: vinieron desde Orán, Salta, devotas de la virgen de Urkupiña y dispuestas a hacer una diferencia trabajando de limpieza, en lo que se pueda, de a una. Son migrantes en una ciudad de migrantes. Río Gallegos es de esos lugares donde el nacido y criado tiene menos de 30. En los días de esta investigación es un hervidero de marchas y protestas, paros y batucadas. En cualquier esquina se yergue una manifestación que casi siempre se queja por la falta de pago de salarios. Hasta en el juzgado donde investigan el crimen de Marcela Chocobar los empleados no atienden porque no vieron un peso del aguinaldo. Las hermanas Chocobar tienen una lucha superior. Aunque en abril metieron presos a tres varones acusados por el crimen, ellas no creen que el horror pueda explicarse así de fácil: están convencidas de que los dos tipos que levantaron esa noche a su hermana en la puerta de Russia, el escalador Oscar Biott y su amigo Angel Azzolini, fueron sólo instrumentos de algo peor, de una maldad cuya existencia se explicaría sólo si proviene del poder.

***

En la infancia de una niña trans el dolor y la furia suelen ser el lugar común. La discriminación, el abuso, los golpes y la expulsión del hogar, el camino previsible. Marcela Chocobar nació entre mujeres, y ese cordón de hermanas alrededor de su cuerpo de niña vestida con los oropeles de ellas mismas, la salvó. En la Mateo Ríos, su escuela primaria, le decían maricón, nenita, puto. Las amigas de la cuadra, en el barrio Aeroparque, la querían. A veces los chicos la encerraban en un callejón oscuro, para poder manosearla, tocarla. Al mismo tiempo que la violentaban, la deseaban. El padre, obrero de un ingenio con árboles de naranjas, mucho no decía. Siempre fue un hombre para adentro, y prefería quedarse a dormir en el campo. A la madre le costó más: pero las chicas la fueron convenciendo. Eduardo había nacido queriendo ser mujer. Nada malo había en eso. Había que asumirlo. Con los años ya no era raro que jugara con los tacos y los trapos de todas. Era una niña.

 

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Hasta que conoció a la “Pepi”, otra púber travesti como ella, y se lanzaron juntas a las noches de los bailes. Ajustadas, brillantes, reinaban en la bailanta local, el mismo lugar adonde casi diez años después volvió para estrenar las tetas recién hechas. Se la puede ver en jeans y con un top, haciendo un arrumaco gracioso frente a una pared de celestes esfumados en la que se lee Tropicalísima, como pintada para ella. Pepi se prostituía; ella también comenzó a cobrar por los escarceos con varones del pueblo. Conoció a un hombre mucho mayor y se puso de novia. Él la visitaba en la casa familiar, ella visitaba la de él. Él era changuero en el ingenio El Tacabal. Pero ella no dejaba de atender a algunos clientes que la pretendían. “Nací para ser puta”, le decía a Gabi, una de sus hermanas mayores, un poco por provocar, otro poco porque quería convencerse de que haría el camino tradicional para una chica trans pobre del norte: prostituirse para buscar el éxito económico que le diera cuerpo nuevo, identidad. Y en el camino, el goce. Las hermanas dicen que no dudó en aceptar la invitación de dejar el pueblo para trabajar en el Sur. “Yo estoy para más”, les dijo, y dejó novio y pasado en Orán.

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Durante los primeros meses a Natalia Avalos, la abogada de la familia, todas las hipótesis se le caían de las manos. Los investigadores primero pensaron en un cliente loco. Luego en una venganza para un cuñado de Marcela, preso por repartir las armas en una revuelta sindical de la UOCRA que terminó a los tiros hace un par de años. Llegó el turno de los perejiles: un grupo de migrantes bolivianos y peruanos dueños de un Renault nueve rojo como el que quedó grabado por las cámaras de Russia. Los detuvieron, les hicieron pasar un mal rato y hubo que dejarlos en libertad porque el auto no era el auto. Eran unos 60 similares en toda la región. Habían pasado las narices cerca del verdadero, pero estaba con el motor desarmado, sin los asientos.

 

En abril último un joven quiso comprar el Renault de Azzolini al que habían recauchutado como para sacárselo de encima: lo había puesto a la venta su padre. El hombre, un viejo puntero peronista, cometió el desliz. Cuando le preguntaron sobre si el auto estaba con los papeles en orden, inexplicablemente respondió: “Sí, lo vendemos porque estuvo allanado por el crimen del puto”. Aunque era uno más de los Renault 9 en la mira, el coche nunca había sido “allanado”. Se allanan propiedades inmuebles; los autos, en todo caso, se incautan, se secuestran, se peritan, se revisan. Alguna idea tenía el padre de Azzolini de que a Marcela Chocobar la habían trasladado en ese auto el día que desapareció. A veces, en un caso complejo como este, ocurre un imponderable, un pequeño acto que tuerce el destino. El joven comprador del auto podría haberse callado, pero no. Le contó a su padre el comentario, y él lo mandó a denunciarlo a la policía. Eso cambió el curso de la investigación.

 

Un policía de la provincia que pide no ser identificado cuenta que un buchón escuchó a Ángel hablar en un bar. Dijo que un amigo de él “se las mandó con el puto”. Como sea, el juzgado intervino el teléfono de Azzolini. El auto fue secuestrado y comenzó una larga pericia en la que se comparó la filmación de esa noche en la puerta de Russia con el color, peso, tamaño y forma de las luces del vehículo en la que trabajaron desde la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) hasta investigadores del Conicet. En los asientos, dijo un investigador del juzgado que también pide el anonimato no se pudo encontrar rastro de Marcela. Las escuchas llevaron de Azzolini a Oscar Biott, con quien compartían una cabaña en la Avenida Gregores. Biott era escalador de montaña y daba un curso bastante popular en el Centro Provincial de Alto Rendimiento Deportivo (Cepard) dos veces por semana. La cabaña, una pequeña casa de madera en fila junto a otras dos similares, pertenece a un predio enorme, el de la empresa de construcciones Kank & Costilla, conocida en Río Gallegos porque es propiedad de Martín Báez, hijo del empresario ligado al kirchnerismo Lázaro Báez. El dato nunca le resultó relevante a Rosana Suárez, del Juzgado de Instancia N° 3. Siempre apareció como un detalle. Aún cuando la prueba técnica más contundente de la causa es la pericia que descubrió el ADN de Oscar Biott en el cuello del saquito negro de Marcela Chocobar.

 

Hace unos ocho años Marcela se tomó un colectivo eterno que la dejó en la terminal de Río Gallegos. Detrás de la terminal se levantaba Las Casitas, el clásico barrio prostibular en el que se iniciaron y practicaron el sexo pago la mayoría de los varones de la ciudad hasta que fue cerrado por las denuncias de trata fogoneadas por el ex arzobispo Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, a través de la Cooperativa La Alameda. Aunque al comienzo Marcela trabajó cuidando a sus sobrinos, pronto consiguió empleo en uno de esos cabarets, el que estaba al mando de una travesti de la vieja guardia, “Cassandra”. Pero sus hermanas estaban en empresas de limpieza que daban servicios al Estado provincial y le consiguieron un lugar en la Escuela Guatemala. Pasó a ser “portero”. Al cabaret de Cassandra iba de polleras cortas y tacos; al colegio “travestido de varón”, bromea Giuliana, una amiga que la conoce desde entonces. Giuliana comenzó a hormonarse ya grande, después de los 30. Primero fue militante de una campaña del justicialismo y luego consiguió entrar como empleada municipal. Ella no se prostituye -dice-, con Marcela sólo compartían la noche. Solía ir al lupanar, porque allí también trabajaba su tía trans. Se jugaba unas fichas al pool. “Yo las veía sufrir en lo de Cassandra. Veía que atendían clientes que venían con mal olor, hombres que no les gustaban. Los tenían que pasar. Las que venían a cumplir plaza tenían que estar tres meses encerradas haciendo pases”.

 

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En Gallegos la noche fue alguna vez ese mundanal ruido de pools y bares como los que visitaban los varones presos por el crimen de Marcela, de discotecas como “Cuba” y “Russia”, de antros más nac and pop como “La Cueva”. Y “Las Casitas” estaban integradas al ecosistema del sacarse la cabeza los sábados a la noche para combatir justamente tanta noche: en invierno el sol cae a las cuatro de la tarde y vuelve a salir al mediodía. A un intendente se le ocurrió ordenar el cierre de los boliches a las seis de la mañana. Los que la querían seguir -tiempo sobra- se mandaban a los cabarets que oficiaban de after hours. En la ciudad no hay parques, pocas plazas, pocos árboles y casi nada de verde, el viento cuando jode no para y arrastra lo que encuentra, sobre todo arena, una arena que repiquetea en la piel y en los ojos, una arena maldita que encierra a los lugareños en sus casas y les va dejando de a poco el divertimento enclavado en la noche. La vida cultural se restringe a los clubes, a las agrupaciones de migrantes y a lo que de vez en cuando llega de Buenos Aires al Casino o a la Bailanta. Antonio Ríos tocó el fin de semana que mataron a Marcela y la ligó a la salida en una pelea callejera.

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Delfina ya era maestra de grado y una rubia de curvas recientes cuando la vio entrar con el balde y los trapos para limpiar el aula de la Escuela Guatemala. La mariquita de pelo lacio y prolijo tenía futuro, pensó. Se cruzaron miradas oblicuas hasta que llegó la primera charla. Y el Eduardo masculino pasó al menos definido “Choco”, “La Choco”, que fue el inicio de una transformación sostenida, imparable. Casi al mismo tiempo “Choco” peleaba por terminar la escuela primaria: cursaba el séptimo, octavo y noveno en el nocturno de la misma escuela. Mónica Enríquez, una señora dulce y elegante que decidió terminar el colegio después de jubilarse la recuerda de flequillo, silenciosa, cohibida por los que la observaban, siempre sola en la otra fila, apenas una sonrisa de simpatía cuando ella le hacía un guiño. Hasta que se animó a pedirle: “¿Puedo sentarme a su lado?”. Pronto hubo que hacer trabajos en grupo y la invitó a su casa. Se hicieron amigas sin darse cuenta, entre mates y bizcochitos. A ella le contaba su sueño de cambiarse el cuerpo, y sobre las hormonas femeninas que tomaba desde que conoció a Delfina.

 

Mónica la supo trabajando como niñera de sus sobrinos, en una fotocopiadora -“ya más mujercita”-, de portera. Y presenció el afinamiento de los rasgos, de la voz, el fortalecimiento de las uñas, del pelo, la falta de bello, el cuerpo de varón retrocediendo ante la aparición de su nueva identidad. Un día le dijo su nombre nuevo. Marcela, Marcela Estefanía Chocobar. Entonces, ante la ley de identidad de género soñó con el documento. Fue con Delfina a tramitarlo. Delfina era la guía que necesitaba para ese camino. Toda trans se deja amadrinar por una más experimentada. Aún en el confín austral Marcela tenía a su mai, como les dicen en la calle salteña a las que inician a decenas de jovencitas, muchas veces replicando la lógica de explotación de los viejos fiolos, pero entre falsas perlas y maquillajes. No era el caso de Delfina. En ella tenía una compinche que la incitaba a la libertad y a la autonomía. Al poco tiempo se mudó con ella. Le mintió a sus hermanas: les dijo que se iba a vivir con un novio.

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El 10 de agosto, día de la virgen de Urkupiña, la casa de su hermana Laura, donde Marcela Chocobar había vivido al llegar a Río Gallegos, se llenó de moscas negras en pleno invierno. Devotas, las Chocobar no pueden evitar la creencia, la lectura de las señales que les marcan el camino. Gabriela vive en dos piezas pequeñas a las que el orden y la limpieza hacen lucir más grandes. Allí suele rezarle a su hermana muerta, sobre todo desde esa mañana, quince días después de su desaparición, cuando un llamado las alertó sobre el hallazgo de un cráneo y algunas ropas de mujer. Por esos días soñó que llegaba a su pieza, en el fondo de esa casa, a despedirse.

 

 

—Siempre te venís a despedir tarde de mí —le dijo Gabriela.

—Vos nunca estás —le reclamó Marcela.

Gabi la vio irse por un camino de basural. Por detrás de Marcela se veía un auto blanco con vidrios polarizados, a un hombre en el volante, y se sentía la música a todo dar. —Tené cuidado nena —le dijo su hermana mayor.

 

Marcela saludaba con una mano y se bamboleaba perdiéndose en el basural.

 

Después de un año Gabriela sostiene ese lazo invisible con su hermana en las oraciones a la virgen, en los sueños, en las consultas que la familia cada tanto le hace a una bruja. La mujer les ha dicho que Marcela estuvo en una cabaña solitaria, que estuvo en manos de un hombre, que quiso escapar pero no pudo. Y cada vez que el fantasma de Marcela la estremece vuelve a cuestionarse.

 

—El último año sentía que podría haberla cuidado más. No sé en qué andaba: ella me juraba y me re juraba que no corría peligro. Yo le decía: “Tené cuidado. Si vos decís que son gente que se maneja con poder te pueden hacer cualquier cosa”.

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En las fotos que él mismo subió a su Facebook, Angel Azzolini es un chico malo. Moreno, de pelo largo atado en cola de caballo, en una de ellas posa mirando fijo a la cámara con una katana en las manos, al modo de un samurai. En la otra tiene un cuchillo con el que también se podría cortar una cabeza. Las imágenes inquietaron a la jueza Rosana Suárez y a sus investigadores. Desde que su auto fue detectado, al morocho y a sus dos mejores amigos los tenían en la mira. Él, Oscar Biott y Adrián Fioramonti, que no vivía con ellos pero solía sumarse a fumar marihuana, compartir cervezas, dejar que el tiempo patagónico pasara más veloz. Fioramonti fue detenido, pero luego quedó libre por falta de mérito: le creyeron que la noche del crimen estuvo junto a su mujer, empleada del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Santa Cruz. A Azzolini y Biott los procesaron por homicidio simple. El día que se cumplió un año del crimen la familia Chocobar, acompañada por el secretario de Derechos Humanos de la provincia de Santa Cruz, Horacio Pietragalla, se reunió con la jueza Suárez: le pidieron que caratulara la causa como femicidio. Suárez se negó. 

 

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Ángel Azzolini trabajaba como empleado municipal en el área “Ornamentaciones”, su padre era el puntero de una unidad básica barrial. A él y a Oscar Biott les intervinieron los teléfonos celulares: mantenían contacto a pesar de que hacía algunos meses que Ángel había dejado el lugar en el que vivieron durante un año y medio, la cabaña de Martín Báez. Fue Fioramonti, quien declaró después, que los escuchó decir una frase que los alertó más que las armas japonesas: “Che, no hay novedad del perro desaparecido”.

 

Sentado en esa silla burocrática de los tribunales de Río Gallegos, arrinconado por el poco espacio del despacho, vestido con un jeans que le queda grande, con el pelo mal cortado, flaco, ojeroso, luce como un chico desguarnecido. El tamaño, la curva de su espalda, los hombros caídos, nada dicen de la actitud guerrera de las fotos del Face. Los peritos revisaron la katana y el cuchillo y en ellos no hay rastros de sangre ni ADN. Es lógico pensar que si los usó, los limpió. Lo que lo mantiene procesado por homicidio simple y por encubrimiento -al mismo tiempo- es su propia declaración indagatoria. Y el estudio pormenorizado sobre el coche rojo en el que levantaron a Marcela aquella noche. Ángel Azzolini es la piedra basal de la acusación en el caso Chocobar. Ni siquiera su propio defensor comprende por qué este pibe de barrio, golpeado por la vida, un fumón más de Río Gallegos, se hundió en el pantano de los culpables sin que nadie se lo pidiera. Pero lo hizo. Y por eso puede pasar los próximos 25 años preso.

 

—Mi madre era una desquiciada.

 

Intenta resumir su infancia a pasos de los cabarets de Las Casitas, donde vivió con ella hasta los doce años.

 

—Con mi madre éramos pobres. A los ocho años salía a vender empanadas, cosas dulces, arrollados, era de encarar y vender como sea. Ella me vivía pegando con maderas, con lo que encontraba. Fue teniendo otros hijos, una nena de 14 que el padre se borró. Un nene de 13 que el padre se hizo cargo pero después se terminó colgando en su propia carnicería.

 

A Ángel Azzolini lo rescató su padre biológico. Logró la tenencia cuando el niño tenía 12 años. Llegó a los 18 con las herramientas suficientes para salir a trabajar: como a muchos otros en Río Gallegos, un contacto con la política lo volvió empleado municipal. Hace tres años le avisaron que su madre estaba grave, internada. Había vuelto a quedar embarazada y durante la cesárea tuvo un paro cardíaco. Ángel llegó al hospital justo cuando buscaban a un familiar que quisiera vestir el cadáver. Él lo hizo. Y luego sostuvo el ataúd de su madre hasta la tumba.

 

Al poco tiempo conoció a Oscar Biott, el escalador.

***

El cuerpo ya intervenido de Delfina era todo un incentivo para Marcela. Deseaba tener una cola como la de su amiga. Y ambicionaba una nariz de actriz de cine; la buscaba en las revistas. El camino estaba claro, Delfina lo define con una máxima de mundo trans: “primero hay que hacerse la cola, porque la cola te da las tetas, la cola y las tetas de dan la nariz y todas juntas te dan la cara”. La fórmula resume el creciente valor de mercado de un cuerpo exuberante que ingresa en el circuito del sexo pago cobrando por sus atributos a medida que los obtiene, cada uno a su precio. Para la cola debieron traer desde Tucumán a una trans dedicada a inyectar silicona a pedido, de manera clandestina. Delfina cuidaba que durante esos quince días en que deben pasar el tiempo acostadas boca abajo evitando que no se desparrame la silicona, la ansiosa Marcela no se levantara. Si hubiera sido por ella salía a los pocos días a la calle.

 

Las lolas fueron una inversión hecha directamente en Tucumán: viajaron juntas a pasar las fiestas y un médico la operó antes de Navidad. En carnavales ya estaría de visita en Orán, estrenando en Tropicalísima. Las fotos la muestran en varias escenas familiares, rodeada de su madre y sus sobrinas, con la harina del carnaval rociada en la cara. Sólo faltaba la nariz. Regresó a Río Gallegos con la seguridad de que su tarifa había subido. Y enseguida el Facebook, su Whatsapp, su celular, sonaron como nunca antes: turnos de 40 minutos. Los clientes se multiplicaban. Comenzó a trabajar también de día. Pronto ahorró lo necesario para la nariz. Decidió operarse con un médico conocido entre las trans, en Rosario. Volvió a Gallegos en junio; ya no pudo parar.

 

Delfina la secundaba en sus incursiones a fiestas privadas en las que podía hacer más dinero que con un solo cliente. A veces lo hacían de a dos, con Cindy Morena. Una rubia, la otra morena. Marcela abrió otro Face, como Estefi. El marketing digital también ayudaba.

 

—Atendía en su casa o iba a una fiesta, a veces con más de un cliente —dice Delfina—. Era por cantidad de personas y por tiempo. Cuarenta minutos, 600 pesos. Hubo una vez que estuvieron con 24 varones. Fueron ocho mil pesos para las dos. Cuando se iba a estos lugares me pasaba el contacto, la patente del auto y el lugar. Yo cuidaba que estuvieran bien, que no fuera riesgoso. Eran clubs de fútbol, de empresas, de todo. Los últimos meses su cliente fuerte era un político pero no era ninguno de los Báez, sino un político.

***

—A Biott lo conocí por un grupo de Whatsapp que organizaba juntadas para cagarse de risa. Ese día llevé marihuana.

 

Ángel Azzolini lo dice todo como quien habla con un amigo. No pareciera restringirse, acomplejarse. Reconoce que Oscar Biott lo impresionó como un pibe bien, porque había “tenido una vida diferente en todo” a la de él. Biott le contó que había terminado el secundario, que tenía un hermano, una madre a la que quería y con la que solían pelearse, que había estado un año en el Ejército y que había hecho tres de la carrera de Derecho; le dijo que tenía una nena en Caleta Olivia, de donde era. Pero lo que más lo sedujo es cómo Oscar hablaba de su pasión por los deportes extremos: largarse en kayak por ríos correntosos, volar en parapente, escalar los filos de la cordillera. 

 

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En su muro de Facebook Biott construyó una imagen diáfana de sí mismo. Allí abundan los cielos con soles poderosos emergiendo desde el infinito, atravesando las nubes; los atardeceres, las montañas, las frases hechas del new age básico. Y algún que otro mensaje en fechas posteriores al crimen donde parece querer dejar atrás un pasado que lo atormenta. Nada como una katana o un cuchillo ceremonial. Los que lo conocen por su vida de escalador lo han visto liderar un grupo en el cerro cercano a la Laguna Azul, a poco de El Chaltén. Un joven y casual turista que lo cruzó en un camping la noche anterior a una escalada lo describe como un tipo lleno de frases holísticas pero al mismo tiempo agresivo para mandar a los que lo secundaban, mano férrea en el ascenso y capaz de tomarse un litro de whisky durante la noche y casi sin dormir salir de excursión a las alturas. Sorprendido por la noticia de su detención, por la brutalidad del crimen, el incauto piensa: “Es extraño que esa misma persona que pudo haber matado de una manera tan espantosa haya sido el que subía la montaña y nos aseguraba la vida a los que veníamos atrás. Porque era Oscar el que clavaba la estaca para atar la soga de la que los demás nos agarrábamos para trepar, de la que dependía la vida de todos los demás”.

 

Cierta condición piadosa le reconoce Ángel Azzolini, que es quien lo inculpa, su principal acusador en la causa judicial. Cuando Biott vio esa pieza invadida por una plaga de cucarachas en la que vivía Ángel, le ofreció compartir la cabaña. Sólo pagás los gastos de comida, le dijo. No era un mal acuerdo, teniendo en cuenta que él sólo tenía una computadora y “unos tachos con todo lo de escalar, nada más”. En cambio el municipal con salario fijo que era Azzolini había conseguido una heladera, una mesa, sillas, un colchón dos plazas, un placard, una cama: toda una fortuna al lado de su amigo abrazado a la naturaleza como todo capital. Lo bueno era que ninguno de los dos tenía que pagar alquiler por la casita de Avenida Gregores en el predio de Kank y Costilla.

 

—Se lo prestaba Martín Báez a Biott. Entonces ya tenían una buena amistad ellos. Biott le daba clases en un muro en el gimnasio del Cepard. Una vuelta habían organizado un viaje a la Laguna Azul para enseñarle a escalar. Biott me enseñaba a mí también, pero yo dejo por la política, para ayudar a mi papá en la unidad básica. Lo que nunca dejábamos de hacer es salir juntos a la noche. Con Biott yo empecé a conocer la noche de Río Gallegos.

***

Ese sábado Ángel Azzolini tenía que trabajar pero pidió franco porque era el cumpleaños de su amigo Oscar. Aunque ninguno de los dos tenía un peso, Oscar había prometido conseguir algo para los tragos. Ángel recuerda que esa noche, cerca de las diez, un amigo de Biott le fue a dejar dinero por una changa que estaba haciéndole en una casa prefabricada. Se llamaba Lucas y era contador. Le dejó unos 500 pesos, dice. Con eso salieron a comprar algo para comer, y una botella de tequila. En el placard de la cabaña habían armado una plantación de marihuana, pero era temprano para cosechar, todavía no había florecido. Cerca de medianoche salieron a dar vueltas en el auto por La Ría. Un pibe les dijo que podían conseguir faso en la puerta de una escuela, la EG19, pero cuando llegaron había una matiné, y custodiaba la policía. Pasaron de largo. Buscaron un pool, el antro ideal para hacer tiempo mientras se calienta la noche.

 

Azzolini, sentado en la oficina de tribunales, dice que estuvieron en Bola8, un pool de seis mesas sobre la avenida Néstor Kirchner, liderado por su dueño, un sesentón que también prepara buenos lomos completos y otras minutas clásicas. En su declaración ante la policía dijo que estuvieron en Nautilus. A Nautilus se sube desde la avenida por una escalera hacia un primer piso, donde suena el golpeteo de las bolas de billar sobre el fondo de una cumbia gastada. Allí recalan los “manyines” que aprecian el juego, la birra y el faso, alguno que otro con prontuario, más de un recién iniciado ladronzuelo, prostitutas que pasan los cincuenta.

 

—¿Qué ropa tenía puesta esa noche Biott?

—Biott tenía un saco marrón, una camisa, zapatos.

 

En el pool, cuenta Azzolini, se encontraron con otro amigo de Oscar Biott, José Ramón Lazza, un hippie de rastas y canoso con el que habían escalado en la montaña. Con él se jugaron varias fichas, se tomaron más de tres cervezas, y decidieron volver a la cabaña a escuchar música. “De todo, menos cumbia, la aborrezco”, dice Ángel en su encierro.

 

Biott le dijo a Lazza que se quedara a dormir. Era un hombre mayor, dice Ángel. Cerca de las cinco y media salieron otra vez los dos hacia La Ría. Cuando paseaban en el auto tomando de la botella, pasadas las seis, Oscar Biott le dijo:

 

—Vamos a Russia que ahora están por salir.

***

En la pista de Russia la temperatura de ese sábado era tropical. Afuera golpeaban cortas pero certeras ráfagas de brisa que venían desde La Ría, esa ribera ociosa sobre el costado de la ciudad. La Ría era el lugar elegido por las parejas para instalar los coches un kilómetro más abajo, en villa cariño. La Ría es la forma de nombrar de los locales al estuario del Río Gallegos, el curso de agua que corre hacia el mar sin producir en el camino ni vegetación ni playa, sólo la estepa que lo rodea todo en este sur; y los pájaros que eligen el estuario porque sus aguas son bajas y en ellas crece el alimento: el ostrero austral, el e pzwhklow. botas pro timberlandspartillero, el macá, la gaviota cocinera, el escuá, el cormorán imperial, el chorlito ceniciento.

 

Cuando Marcela Chocobar y su amiga Cindy Morena cruzaron la puerta de Russia el frío austral las golpeó: 0,4 grados. Caminaron juntas hasta la vereda. El DJ del boliche le propuso que la llevaba a su casa junto a Cindy, como había hecho la noche anterior. Marcela le dijo que prefería quedarse trabajando. Cindy se alejó en el coche de su amigo. Marcela caminó sobre sus largas y altas botas blancas hacia la esquina. Dejó que varios autos desde donde la piropeaban pasaran de largo. Cuando el Renault 9 rojo se puso a su lado, escuchó y después de unos segundos, subió.

***

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—Nunca la había visto antes a ella. Pasamos una vez. Parecía una mujer en pinta, bien vestida. Tenía un vestido negro y botas negras o blancas y una cartera.

 

La memoria de Ángel Azzolini avanza rápido por esa noche crucial, pero se detiene en algunos detalles sorprendentes, que recuerda como si hubiera sido ayer aunque ha pasado un año: el diálogo antes de subir al auto, por ejemplo, aunque a esa hora se habían tomado casi un litro de tequila más todas las cervezas que pudieron en el pool.

 

—Bajá el vidrio, hablale —le decía Oscar.

 

Ángel dice que es tímido, que no le daba para encarar.

 

—Hablale vos.

—Hola, qué bombón que sos. ¿Vamos a festejar mi cumpleaños?

 

Al comienzo, dice Azzolini, Marcela se negaba, pero enseguida subió al auto. Hay dos afirmaciones de Azzolini que no le cierran a nadie: ni a los investigadores, ni a la familia, ni a cualquiera que haya conocido a Marcela. Azzolini jura que él y su amigo Biott no sabían, no se habían dado cuenta que Marcela era transexual, y que tampoco sabían que se prostituía.

 

Según su versión, arriba del auto se negoció.

 

—¿Vos cobrás?

—A vos te cobro dos mil.

—Dos mil los dos.

—No, con los dos no voy a estar, voy a estar con uno.

—¿Tenés forros?

—No.

—¿Me aguantás? Voy a buscar la plata y los forros.

—¿A dónde vamos a ir?

—Vamos a mi casa y ahí vemos.

 

“Cuando llegamos a la cabaña yo no me podía mantener parado”, dice Ángel Azzolini, el único testigo de esa noche además de Biott, que continúa a resguardo en el más decidido silencio. En su relato él entró en la cabaña y en el auto quedaron Marcela y Biott. A los pocos minutos Biott entró, buscó algo entre su ropa, y volvió a salir. Azzolini pensó, ¿bajarán? Y se preguntó si ella sabía que dentro de la cabaña había un tercer hombre, Lazza, el viejo de rastas que dormía en la habitación. Entonces escuchó gritos, de los dos. Se paró y fue a la puerta, que da a un pequeño garage sin techo en el que Biott había metido el auto. Pero se estaban yendo, pensó que “a dar una vuelta”. Se tiró en un puff, su cama estaba ocupada por el hippie. Se durmió.

***

Desde que Marcela regresó de Rosario con su nariz respingada, el rostro adelgazado por el efecto anguloso que le daba a sus pómulos, el pelo cada vez más largo y más rubio, todo fue vertiginoso. Y cada una de sus hermanas, y de sus amigas, vieron cómo el cambio la volvía un tanto más esquiva, más misteriosa y más ambiciosa. La naif Marcela que pensaba en cómo arreglárselas para algún día ser madre iba desapareciendo tras la exuberancia de su cuerpo nuevo y la intensidad de su trabajo: no tenía tiempo para dar más turnos, su agenda se llenaba de pedidos. En la causa judicial por su homicidio, la mitad de uno de los 25 cuerpos de cien fojas que tiene el expediente está lleno de teléfonos de sus clientes, eran muchos. Durante los últimos meses también hacía viajes para trabajar con clientes que la querían en otras ciudades. Estuvo en Río Grande, en Ushuaia y al menos dos veces en Calafate.

 

Su ex compañera de colegio, Mónica, la vio para el día del amigo de ese invierno. Se había acostumbrado que cuando Marcela recibía un mensaje de cualquier hombre lo comentara, contara las pavadas que le decían, cómo la seducían para que fuera a un encuentro. Se reían juntas de esa otra vida que llevaba. “Para julio ya se reservaba algunas cosas. Se quedaba callada de pronto. A mí me dio la impresión de que estaba preocupada por algo”, dice Mónica. 

 

—Tengo ganas de poner una peluquería Ami —le dijo a Mónica—. ¡O un spa! Tengo un amigo que es contador que puede ser mi socio.

—Tené cuidado Choco, a medias no sirven las cosas —le advirtió Mónica.

Al rato vio que recibía un mensaje, lo miraba y guardaba el celular. 

—Chicas, me tengo que ir —les dijo a las amigas que festejaban el cumple.

—Choco, no te vayas así —le pidieron.

—Pero antes hagamos una foto, las tres para el recuerdo. 

***

Las hermanas Chocobar son del color de la tierra salteña y tienen esos ojos grandes y negros, expresivos, como los de Marcela. Ninguna de ellas se cuida en las comidas, son robustas y es posible imaginar que si quieren, de un solo zarpazo bajan a un enemigo fiero. Han trabajado desde niñas como empleadas domésticas en Orán, y ahora cumplen turnos en las empresas de limpieza que las tienen como empleadas destacadas. Cada una de ellas tiene su propia personalidad. Gabriela, que vive sola y no tiene hijos, es la más espiritual. Laura, la madre de varios nenes que eran los mimados de Marcela, a quienes cuidó desde bebés, es la más verborrágica y suele dar las entrevistas en los medios locales. Edith es una de las más calladas. Judith es la más terrenal, y la que concentra toda la información judicial con una memoria prodigiosa. Es la que lleva la relación con la abogada Avalos y con el juzgado. Todas cocinan unas empanadas deliciosas. Y tienen un humor inteligente con el que combaten las lágrimas que a menudo les surcan el rostro norteño.

 

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Cada una tenía una relación profunda con su hermana muerta. Cada una tenía conversaciones cotidianas con Marcela. Se llamaban. Se visitaban. La cuidaban como la menor que era. Y cada una le advirtió que no fuera tan confiada, que sospechara de los hombres. Todas eran conscientes de la discriminación, de la transfobia, de la violencia solapada en los juegos de seducción. “Cuando le decíamos que tuviera cuidado ella decía, nada me va a pasar chicas. Quién va a querer matar a un puto, nadie se va a querer manchar las manos. A una mujer sí, a mí no me va a pasar nada decía”, cuenta Gabriela. Laura Chobocar sabía que iba a fiestas en chacras fuera de la ciudad, que desde que paraba en Russia sus clientes eran empresarios y políticos.

 

—¿Vos estás participando de las fiestas locas, de las fiestas VIP? —le preguntó poco antes de su muerte.

—Sí.

—¿No estarás consumiendo vos, no?

—No, ni loca.

—Cuidate porque mirá que cuando te peguen no te van a ver como mujer, te van a ver como hombre.

 

La comunidad trans de Río Gallegos no es tan numerosa: son unas quince. Entre ellas hay todo tipo de internas, como suele ocurrir cuando se disputan novios, territorios, amores, protagónicos. Pero en un asunto todas tienen el mismo tipo de miedo: mejor no hablar con sus nombres del caso Chocobar; varias acceden pero escondidas de todo, sin dar señales. Solo Delfina Brizuela, que es funcionaria en la Secretaría de Derechos Humanos de la Gobernación provincial, habla sin problemas y sentada ante su jefa, la coordinadora del área de Diversidad. “Para ella haberse subido al auto o conocía a las personas o le mostraron mucho dinero —dice—. Marcela era muy llamativa, cualquier persona por más que no fuera del ambiente se daba cuenta de que era trans. Para levantarla frente a Russia se ve que esperan a que Cindy se fuera, porque cuando la encaran ella ya estaba sola”. Y repite lo que las hermanas Chocobar tienen claro: “Ella en varias ocasiones fue a una chacra en la zona de San Benito de los Báez. La primera vez que iba no sabía donde la estaban llevando”.

 

Gabriela era un oído especial para Marcela. A ella le confesaba algunas escenas que a las demás no.

 

—Yo lo conozco a Báez —decía ella.

—Qué vas a conocer a Báez, ¡vos!

—Sí, yo lo conozco —insistía.

 

“Después cuando desapareció fuimos a la casa de Cindy, y ella nos contó que un auto venía a buscarla y después la traía de la chacra de Báez”, dice Gabriela. La misma Cindy dijo que en una de esas fiestas Marcela le escribió un mensaje en el que le avisaba que se sentía incómoda porque había demasiados hombres, “muy pasados”. Esa noche prefirió salir del lugar.

***

Para migrantes como las hermanas Chocobar el apellido Báez primero significó empleo. Miles de personas llegaron del norte a buscar una vida mejor a Santa Cruz trabajando en las obras públicas que ejecutaban las empresas de Lázaro Báez, ahora procesado por lavado de dinero e investigado como supuesto testaferro de los ex presidentes Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Cuando en 2015 Marcela Chocobar hablaba de sus visitas a la chacra de los Báez la fama del apellido ya emanaba del rancio aroma de la corrupción y no sólo de su ímpetu como constructores. En ese vaivén entre un padre todopoderoso que se volvió en 15 años el hombre más rico de la comarca y el hombre investigado por la Justicia y perseguido por los medios se definieron los destinos de sus hijos, vinculados a medida que crecieron, como directores, socios, presidentes o firmantes en las empresas del padre.

 

De los cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, Martín Báez es el mayor. A los 35 años es el que más vínculos con los negocios familiares tuvo. Entre otras diez empresas, fue puesto al frente de Kank y Costilla, dedicada a la construcción desde hace ya unos 30 años. Kank y Costilla fueron otros apellidos poderosos de la región hasta que debieron venderle a los exitosos Baez. Con un predio en el que se guardan maquinarias y materiales sobre la Avenida Gregores, en plena Río Gallegos, la base de Kank y Costilla sigue allí. Se nota poco movimiento desde la calle, como si de pronto se le hubiera apagado el motor inmenso a una fábrica que supo funcionar como un portento en épocas mejores: los portones de rejas negras cerrados, un perro flaco dando vueltas sobre sí, el viento que sopla entre los camiones y las máquinas quietos, pedazos de nylon de obra rotos. Y al costado, hacia la derecha, las casitas donde en otros tiempos vivieron los obreros calificados recién llegados a Gallegos. La del medio, sobre la que han dibujado un grafiti, es la que ocupaban Oscar Biott y Ángel Azzolini. Ese garage vacío, donde Biott estacionó el auto rojo la noche del crimen.

 

La fama de Martín Báez -su nuevo bigote negro, la raya al costado, el traje nada preciso- no llegó por su rol como director de las empresas paternas, sino por esa escena inolvidable: él, y otros tres jóvenes, con el aplomo de bancarios acostumbrados, contando millones de dólares en la financiera SGI de Puerto Madero. Esa escena partiría su vida en dos, no sólo porque complicó judicialmente la de su padre, que terminó preso, sino porque Martín y sus hermanos quedaron atrapados en la maraña de negocios y acusaciones; sobre todo él, que ahora vive encerrado en un departamento de Belgrano junto a su mujer y su hijo de dos años. Al intentar entrevistarlo sólo se consigue hablar con uno de sus colaboradores más cercanos, que accede, en off the record, a consultar a Martín. “Biott lo llamó después de que cayó preso para pedirle ayuda pero Martín le dijo que no podía hacer nada porque él mismo está lleno de problemas y si bien está libre es como si estuviera preso”, contó.

 

El amigo de Martín Báez habla con tranquilidad: “Martín tiene el vicio de la escalada hace un montón. Acá en Gallegos había una palestra del CEPARD, él lo conoce ahí a Oscar Biott, que había venido a la ciudad a presentar un proyecto ante la Secretaría de Deportes. Un día le planteó que no tenía dónde vivir. Los otros tipos que hacen palestra con Martín le dijeron que lo ayudara. Martín le permitió ocupar la casita que tenía en el predio de la calle Gregores que pertenece a Kank y Costilla”. Y desgrana explicaciones con sentido común: Supieron del caso Chocobar cuando Biott y Azzolini fueron detenidos. No conocían a Marcela Chocobar. No hacían fiestas en la chacra, más que los asados familiares de fin de semana o los cumpleaños de los chicos, los nietos de Lázaro. Martín no es amigo de Biott, fue sólo su alumno de escalada. La chacra no está escondida, se la muestra en los medios como una fortaleza porque filman el gran portón negro, pero todo el perímetro está cercado solo con una media sombra. No se puede hacer nada ahí porque además están los caseros. No es un tugurio. No es un aguantadero. Y lo que suena más lógico: desde que comenzaron los problemas judiciales de la familia, en el año 2013, ese sitio es público. “Es el último lugar donde a alguien se le podría ocurrir hacer una fiesta así. Como creen que allí están enterrados millones de dólares debe ser uno de los lugares más controlados de Gallegos”, dice.

 

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El colaborador de Báez es tajante para definir a su jefe: como casi todos en la familia le encantan los deportes, así como escalaba, corría, andaba en bicicleta. Es un hombre de familia, de bajo perfil, que no participa en fiestas Vip con prostitutas. Cultiva un orden inclaudicable hasta para comer: combina la carne, el pescado y la verdura con obsesión.

 

—Pero Martín tiene un hermano menor…

—Sí, Leandro, que es lo opuesto. Es el que protagonizó un choque contra una casa de electrodomésticos en Gallegos. Sí. Pero no es un delincuente, ni un asesino.

 

El abogado de Leandro Báez, Santiago Viola, accedió a consultar a su cliente sobre el caso Chocobar. No vuelve a responder los llamados.

 

El abogado de Martín Báez, no contestó a los llamados. Un empleado de su estudio dijo que “el doctor no da entrevistas pero le transmitiremos el pedido”.

***

En los tribunales de Río Gallegos el sindicato ha decretado un paro para pedir que les paguen el aguinaldo de invierno. En las oficinas del juzgado que investiga el crimen de Marcela apenas se escuchan los pasos y el murmullo de algunos. En un rincón lleno de expedientes una fuente judicial, en estricto off the record, reconoce que tienen la versión. “Los amigos cuentan que ella se sentía incómoda en una fiesta en una chacra y se fue por eso. Pero analizamos la conducta de los sospechosos y no eran clientes de ella”, asegura. “Se trataron de cruzar las llamadas telefónicas del último tiempo para ver si había una relación previa, pero no hay nada que la conecte a Marcela con esas personas”, abunda la fuente, siempre sin mencionar a los famosos apellidos locales. “Ella era extrovertida y osada. No tomaba muchos recaudos. Era temeraria. Sus amigas eran de tomar más medidas en pro de su seguridad”, dice, sobre la víctima. Natalia Avalos, la abogada de la familia Chocobar, es consciente de que en el expediente judicial no hay pruebas que lleven a un autor intelectual tras los ejecutores que serían Azzolini y Biott. “No quita que ella haya sido contratada por alguien más, por un intermediario como el que la iba a buscar,  y no por ellos directamente  -dice-. Y que en esa fiesta o en otras haya estado esta gente”.

 

Para Gabriela Chocobar la explicación está en el poder que manejaban quienes podrían estar tras el crimen de su hermana.

 

—El caso es tan resguardado porque tenía muchos clientes políticos, hijos de. Sé que ella andaba con concejales, diputados y que hacía cosas que ellos pedían que les hiciera. Gente que pedía otros tipos, o que se quedara horas y horas con ellos mientras consumían cocaína, o que le pedía cosas más raras como sadomasoquismo.

***

En su declaración judicial Ángel Azzolini dijo que el domingo a la mañana, al despertar, volvió a ver a Oscar Biott: aseguró que estaba con una remera ensangrentada. Sentado en los tribunales de Río Gallegos cuatro meses después de esa indagatoria dice:

 

“De la nada siento que me pegan. Ahí lo veo a Biott cambiado de ropa, Biott en pánico con los ojos llenos de lágrimas. Se había puesto una remera azul, jeans y zapatillas. Y dijo:

 

—La verdad yo no sé cómo contarte esto, no sé si lo maté o no.

—¿Cómo que no sabés? ¡Tenés que saber!”

 

Desde este punto en adelante el relato de lo que habría ocurrido lo gobierna Azzolini. Mientras Biott permanezca en silencio es imposible chequearlo con otra versión. José Ramón Lazza, el rasta que dormía en su casa esa noche estuvo indetectable hasta hace pocas semanas: ahora se espera que declare, pero aún así, Azzolini dice que cuando ellos llegaron pasadas las seis de la mañana el invitado dormía, y que por la mañana, cuando Biott llegó, ya se había ido. 

 

—Biott me cuenta: “La llevé para un barrio, que había un terreno, que había un montículo de tierra”.

 

Entonces aparece la versión de Biott, siempre de boca de Azzolini. En ella hay tres secuencias. La primera: Biott baja a buscar algo a su cabaña y al regresar ve que Marcela le está revisando la billetera, por eso discuten y se escuchan gritos. Entonces él le dice, vamos a tu casa, pero sin embargo van hacia el barrio San Benito, a unos 20 minutos de la Avenida Gregores. La segunda secuencia en el relato a veces es San Benito, a veces al barrio vecino, Bicentenario I y II. Son barrios periféricos a los que se llega por un camino de asfalto que pasa junto a una laguna.

 

El lugar es un páramo apenas sembrado por construcciones nuevas aquí y allá, cada media cuadra, cada una cuadra, cada dos cuadras. Hay zonas en las que se juntan varias casitas pequeñas, a medio hacer, y otras en las que un cerco perimetral protege una casona de dos pisos con garage y la pretensión de un country. Cualquier esfuerzo por darle un color, un jardín, un árbol a los nuevos patios se desvanece ante la piedra y la tierra gris. Las calles de tierra se internan en el horizonte patagónico como si la ciudad se perdiera en el desierto.

 

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En la tercera secuencia Biott y Marcela “se pelean” en un punto indeterminado de ese desierto suburbano. “Ella le tira un piedrazo al auto -dice Azzolini–. Le da al parabrisas del lado del conductor. Cuando terminan de forcejear ella cae en el piso. Biott dice que no sabe si queda inconsciente. Como no reaccionaba, se va”.

 

Entre dormido Azzolini vio que Biott “tenía el cuello arañado como por un gato”. “Eran entre las diez y las doce del mediodía. 

 

—¿Pero sabés dónde la dejaste?

—No, era un terreno cercado y con un montículo de tierra y tenía madera y chapa.

—¿Era una trava?

—Sí, la vimos vestida de mujer. Pero cuando forcejee tenía fuerza y pegaba fuerte.

—Bueno, calmate un poco, dejame que desayune. Bajá la preocupación. Respirá hondo. Contame. Preparo unos mates”.

 

En el relato de Azzolini todo parece ser de una normalidad exasperante aun cuando se habla de un asesinato. Con el mismo tono con el que cuenta los maltratos de su madre narra ese domingo de septiembre. “Me tenía que preparar para la semana, tenía que ir a la básica”, dice.

 

–Hay que hacer desaparecer todo tipo de huella. Hay que hacer desaparecer el auto.

–No, si el auto es mío y yo no te voy a mandar al frente.

 

Entonces, cuenta Azzolini, su amigo Biott “pasó de melancólico a eufórico” y lo puso “contra la pared”.

 

—Yo no tengo nada que ver, vos te fuiste con el auto sin pedirme permiso.

—A mí no me importa, vos me ayudás o te voy a matar a vos y a tu viejo.

 

Azzolini dice que le prometió ayuda y con eso lo calmó. A la tarde les dio hambre. Biott cocinó un guiso de papas y fideos con lo que encontró en la cabaña. “Quería hacer desaparecer las cosas, la funda del auto por las dudas haya quedado un pelo de ella”.

 

—¿Cuándo sabés exactamente lo que le había pasado a Marcela?

—Yo me entero después de la noticia de que la chica había sido descuartizada y que la habían decapitado. En ese momento él no dijo que la íbamos a descuartizar.

 

Azzolini nunca pudo haber leído una noticia sobre un descuartizamiento.

 

Azzolini dice que desde el domingo y hasta el martes Biott lo obligó a acompañarlo tres veces a dar vueltas por el barrio Bicentenario en busca del cadáver de Marcela Chocobar. “El domingo a la noche fuimos al terreno, pero nunca ví nada. Eso es campo pelado, casi no hay edificaciones”. El lunes Azzolini volvió a tener un despertar complicado. Su amigo le avisó que el Renault 9 se le había quedado porque se le recalentó el radiador. Estaba junto a Adrián Fioramonti. En su declaración, Fioramonti dijo que ese día aún no sabía que los otros dos habían estado con Marcela Chocobar. Que le vio a Biott las marcas en el cuello, pero que sólo le dijo que había peleado con una travesti. “Después el lunes nos tomamos un colectivo para ir al barrio. Estuvimos tres o cuatro horas caminando. No encontramos nada. Él rodeaba algunos terrenos y siempre pasó por afuera”.

 

La historia de un joven obligado a ayudar a un amigo a ocultar un cadáver que no encuentran está más cerca de un guión bizarro que de un relato policial verosímil. Pero Ángel Azzolini abunda en detalles sobre esa búsqueda infructuosa. Al día siguiente regresaron al barrio, esta vez en bicicleta. Esta vez, dice, llevaban una mochila en la que Biott había metido un cuchillo y una botella con nafta. Como se cansó, Azzolini dejó que su amigo vagara por los descampados y se refugió en una vieja garita de colectivos. “Me quedo solo. Miro el paisaje, la ruta, los autos, los camiones. Volvió a los 45 minutos y nada. Después nos sentamos arriba de una prefabricada para ver si se veía algo, nada. Entonces le dije: loco, ya está, me quiero ir a casa, estoy cagado de frío. Si te mandaste la cagada por lo menos acordate dónde la dejaste”.

 

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Cuando se dieron por vencidos, mientras volvían a la cabaña de Báez, Azzolini dice que los dos pensaron: “Ojalá que se la hayan encontrado y se la hayan comido los perros o los chanchos”.

 

Los animales aparecen en el final de esta historia. Los investigadores también se preguntaron si para desaparecer cualquier rastro los asesinos arrojaron los restos de la víctima en una de las chancherías que abundan en la zona. O si lo perros de los barrios desérticos pudieron haberlos consumido. También creen que una solución final para los homicidas pudo haber sido tirarlos en el vaciadero municipal, donde existe una sección para las sobras de los animales faenados en los frigoríficos de la región. Si es así es prácticamente imposible que aparezcan: son toneladas de huesos, montañas sanguinolentas que pueden ocultarlo todo. Una mujer del barrio se presentó ante la jueza Suárez una mañana poco después de la detención de los amigos. Contó que Azzolini conocía bien al jefe del basurero, un tal Castillo. Cuando lo fueron a buscar el hombre había pedido una licencia sin goce de sueldo en su empleo de años en la Municipalidad. No hay rastros de él. Nadie ha podido ubicarlo. Como el cuerpo de Marcela Chocobar, también está desaparecido.

 

***

Esta investigación fue realizada por Cristian Alarcón para Chequeado.com y se publica en forma conjunto con Revista Anfibia. Chequeado es una organización dedicada a la verificación del discurso que busca mejorar la calidad del debate público en la Argentina.

Este artículo forma parte del proyecto “Investigación y datos: Chequeado sin corsé”, que incluye más de 12 producciones a publicarse antes de fines de 2016 en el sitio especial “Chequeado Investigación”, y que fueron financiadas gracias al apoyo de Open Society Foundations (OSF).

 


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LA MUJER EN EL MEDIEVO

el renacimiento terminó con las conquistas femeninas de los siglos XI al XIII
La mujer en el Medievo? La frase misma evoca inmediatamente en la mente de cada cual una serie de imágenes más o menos variadas pero que, en su conjunto, se resumen en lo siguiente: el Medievo es la gran época oscura y medio bárbara (en oposición a la época que seguirá y será llamada «Renacimiento») de opresión de los «menudos» por un puñado de feudales, de los hombres por la Iglesia y de las mujeres por todos. En seguida se mencionan, conjuntamente, el cinturón de castidad, el «derecho de pernada», la persecución de las brujas y el famoso «concilio» del año 585, en el cual se llegó incluso a discutir -entre hombres- si la mujer poseía o no alma.

De hecho, la situación así examinada no parece muy favorable a la mujer; y las «circunstancias» que rodean la vida en la Edad Media del ser humano en general: inseguridad, guerras, epidemias, hambres, peso del poder feudal, tradición jurídica heredada a la vez de los romanos y del derecho germánico, y finalmente poder ideológico de la Iglesia, no pueden sino resultar todavía más perjudiciales a la parte femenina de la población. Y así es, desde luego, en la Alta Edad Media: el marido puede matar a su esposa adúltera después de perseguirla a latigazos, desnuda, a través del pueblo. La multa impuesta al asesino de una mujer es la mitad del precio de la muerte de un chico hasta los 14 años (época de la fertilidad femenina), superior al del varón entre los 14 y 20 y, a partir de los 20 años, seis veces inferior. La mujer sierva o esclava no puede casarse fuera del dominio de su señor y, si lo hace, sus hijos serán repartidos entre su señor y el de su marido. La mujer no elige, por supuesto, marido, pero acepta el que ha escogido su padre o su «linaje» por brutal, viejo o, al contrario, joven y amante que sea. De todas formas, corre siempre el riesgo de ser violada por algún bandido o por un señor rebelde y enemigo, de ser raptada, o de ser repudiada y condenada al convento si no a la muerte, según el buen parecer y deseo del hombre en general y del suyo en particular. Eternamente menor de edad, la mujer pasa del «poder» de su padre al de su marido y no puede actuar nunca sin el permiso o la «licencia» de este varón. y no Hablemos finalmente de las condiciones de vida y existencia de la mujer de un labrador, de un miserable artesano en las ciudades, o de las viudas que componen la gran mayoria de la población pobre socorrida en las ciudades del final de la Edad Media. Tal es, más o menos, el retrato somero del destino de la mujer en el Medievo. El hecho de que, al mismo tiempo, estos largos siglos de «oscurantismo» -unos diez siglos- hayan presenciado la aparición del culto de la Virgen María (siglo XII); que hayan fomentado la poesía de los trovadores, las «cortes de amor» y el amor cortés; y que hayan sido jalonados por figuras femeninas, reales o ficticias, como las de Eloísa, de Isolda, de Maria de Molina o de Juana de Arco, no consigue sobreponerse a la «leyenda negra» que no ve más, en la época medieval, que cadenas; cinturones de castidad, tornos o potros, «derecho de pernada» y en general, una denegación total de la mujer hasta como ser humano. Se deduce así, lógicamente, que desde la Edad Medía hasta nuestros días, el transcurrir de los años, decenios y siglos ha significado una evolución positiva, continua, ascendente de la mujer, tanto en lo que toca a la visión que de elja tiene la sociedad como la que ella lleva sobre sí misma. A lo largo de esta evolución, que se inicia en la «nada», en lo que sería el punto cero -la Edad Media-;- para llegar a nuestros días, algunas épocas como el Renacimiento y el Siglo de Las Luces jugarían un papel fundamental en la «!iberación» de la mujer, hasta desembocar en la aparición del «feminismo» con las sufragistas de fines de siglo pasado, inicio a su vez de los movimientos actuales. Sin embargo, si dejamos de lado estos conceptos «prefabricados» -heredados a menudo del siglo XIX romántico, y generalmente asimilados sin crítica previapara asomarnos un momento a la realidad medieval que se transluce de un estudio riguroso y científico, el panorama cambia.

Derecho de pernada
Sin ir más lejos, empecemos con este famoso «ius primae noctis» o derecho de la primera noche, vulgarmente llamado derecho de pernada. Este derecho existió efectivamente, escrito u oral, en el corpus jurídico medieval. En la práctica, no se atestigua más que en la época en que" se ha convertido a menudo en el pago de una cierta cantidad monetaria al señor por el campesino que se casa; en los casos en que este derecho señorial no fue transformado en un censo más, la «ceremonia» consistía en que el señor -literalmente- franqueaba de una zancada el cuerpo de la novia y recibía a cambio un par de gallinas o un bote de miel. Si examinamos además esta costumbre «bárbara» y «arcaica» a la luz de los estudios etnológicos actuales, nos damos cuenta de que, en muchas sociedades llamadas primitivas, existe una especie de «tabú» de la sangre virginal en el momento de la desfloración; siendo ésta una operación que libera fuerzas malignas, al liberar sangre, se la confía a menudo a manos investidas de más poder -mágico, religioso u otro-, como las del padre o de la madre de la chica, del sacerdote-brujo, de un extranjero o del jefe de la tribu. Enfocado así, nuestro famoso «derecho de pernada» no es más que la supervivencia, en una sociedad todavía no cristianizada en profundidad, de unos ritos ancestrales de tabú de la sangre virginal; y deja por lo tanto de ser una manifestación más de la opresión sádica y arbitraria que ejercería el señor sobre su inferior . No olvidemos, por otra parte, que el señor suele vivir dentro de un grupo que incluye su familia en el sentido amplio, sus criados de ambos sexos y tos niños nacidos en el castillo, legítimos o bastardos (como lo demuestran las últimas investigaciones del historiador francés Georges Duby), y que las novias de sus siervos o campesinos no deben aparecernos como siempre guapas y jóvenes; en una sociedad rural que padece hambre y epidemias, se las puede más fácilmente imaginar como prematuramente marcadas, sucias, cubiertas de piojos y pulgas y, por lo tanto, seguramente poco apetecibles. Al señor, en general, le debía ser mucho más provechoso convertir esa «obligación» de su parte en una renta más, a pagar por el novio en el momento de la boda. Otra «leyenda negra» achacada a la Edad Media: la persecución de las brujas por la Inquisición que, después de torturarlas, las enviaba inevitablemente a la hoguera al mismo tiempo que los gatos o gallos negros. La realidad, no obstante, resulta ser algo diferente. Desde el siglo VI, en numerosos concilios, se condena a los que creen en la brujería, en los demonios familiares de las prácticas mágicas y en las supersticiones en general; condenación moral cuya repetición revela a la vez su ineficacia y, a fin de cuentas, la escasa importancia que le daba la Iglesia a ese «pecado». A lo largo de los siglos X a XIII, los «penitenciales» -o manuales para los confesores- sólo dictaban rezos y penas monetarias para esos casos. Se puede considerar pues que ésta fue la actitud -moderada- y la opinión extendida durante la mayor parte de la época medieval en lo que concierne a la brujería. Pero ¿y las persecuciones? ¿ y las hogueras? A este respecto, tenemos que constatar que las mayores persecuciones «anti-brujas» son contemporáneas, no del Cid Campeador, de Raimundo Lulio o de Pedro el Cruel, sino de Miguel Angel, de Erasmo y de Cervantes. La época más negra, que iluminan las hogueras de brujas, es el siglo «renacentista», cuya ideología se basa en un «manual del perfecto inquisidor de brujas», el Malleus Maleficarum, escrito en 1486 por los Dominicos alemanes: de esa fecha en adelante, el «herético», paradójicamente, es el que no cree en la existencia de los demonios, de los maleficios, de la brujería, de los brujos y brujas, de las metamorfosis y del aquelarre. Los grandes siglos de la brujería vasca, estudiada por Julio Caro Baroja, son el XVI y el XVII. La opinión general del medievo que ve en el brujo un resto de paganismo, y en la que se dice poseída por el demonio una enferma que hay que llevar al santo para que la cure, se tiñe entonces de un extraño matiz «moderno». Admitido esto, queda una objeción fundamental: la Edad Media, fundamentando su argumentación en las actas del «Concilio» de Mâcon, llegó hasta plantearse el problema de si la mujer tenía o no tenía alma. Curiosamente, esta mención del tema de los debates del dicho concilio no apareció sino en un escrito anónimo holandés publicado en el siglo XVI; tema éste cuyo éxito no se desmintió hasta nuestros días. ¿Misógino hasta este punto, el Medievo? Averigüémoslo. En primer lugar, en el año del Señor de 585 no se reunió ningún «concilio» -que se comprende como reunión de la Iglesia en su mayoría-; tuvo lugar, eso sí, un Mâcon, un sínodo provincial, o sea, la reunión de los clérigos de una diócesis o de una provincia para discutir problemas eclesiásticos, y no teológicos. El estudio de las actas de este famoso sínodo no revela en ningún momento que se haya planteado y discutido el tema de la existencia del alma de la mujer. Tenemos que recurrir al primer historiador-cronista de la época franca, a Gregorio de Tours; para encontrar lo que puede haber originado mucho más tarde la interpretación que conocemos. Gregorio de Tours nos dice, en efecto, que en medio de los debates que se llevaban en latín, uno de los presentes -sin duda con problemas para con los idiomas en general y el latín en particular- se extrañó de que el término «homo» (hombre) se aplicara también a la mujer. Un latinista nunca hubiera cometido este error lingüístico de confundir el término «homo» que se aplica al hombre en general, o sea, al ser humano, con el vocablo «vir» que designa específicamente al varón. El problema era pues lingüístico y no filosófico. Pero -y seguramente muy a pesar de su autor- la frase iba a hacer fortuna. Una fortuna que, seamos justos, empieza en él siglo XVI con este escrito misóginó holandés -muy de acuerdo por otra parte con el pensamiento renacentista sobre la mujer-, crece durante el siglo XVIII y, cuando la Revolución francesa, vuelve a repetirse en una petición de las mujeres en 1848 y no ha menguado hasta nuestros días. ¿El Concilio de Mâcon? Una invencíón moderna.

«Deficiencia de la naturaleza»
El estudio de la «condición femenina» en la Edad Media nos deja percibir una realidad que, lejos de ser simple en su negatividad, se revela como mucho más compleja. En el proceso de acercamiento a esa realidad de la mujer medieval, señalaremos en primer lugar el marco jurídico e deológico en el cual se desenvuelve su vida, antes de detenernos un momento en la realidad «social» y en la realidad «personal» de esta vida. El Derecho medieval, heredero del Derecho romano y del Derecho germánico, y cuyo ejemplo más elaborado es el derecho feudal, a pesar de sus variedades y divergencias, suele considerar a la mujer como a un ser menor de edad, «incapaz» en general. En los países de derecho oral basado sobre las costumbres, quizás más emparentado con la legislación germánica, no se reconoce la tutela paterna sobre la mujer mayor de edad, pero sí la potestad marital. En los países de derecho escrito -que corresponden a la Europa meridional: Italia, Península Ibérica, Sur de Francia-, a la «potestas» del padre sigue la del marido. La mujer, en la mayoría de los casos, no puede disponer de su fortuna, administrar sus bienes, o presentarse ante un tribunal; para cualquiera de estas gestiones, la presencia de un hombre -padre, marido, hermano o tutor- es imprescindible. Esta incapacidad jurídica total de la mujer puede parecernos muy arcaica; no olvidemos, sin embargo, que hace poco más de siglo y medio, el llamado Código Napoleónico la consagraba y le daba una nueva vida, que perdura 10davía en sus líneas maestras. Junto al Derecho, la ideología dominante -para utilizar términos actuales- se mostraba más que hostil a la mujer. La Iglesia Romana, basándose en numerosas referencias bíblicas, asimilando la doctrina culpabilizadora de San Agustín y dirigiendo finalmente el aristotelismo en el siglo XIII, promociona a nivel social lo que se puede considerar como una gran campaña «antifeminista», A pesar de las opiniones de Abelardo y de Robert d' Arbrissel, a finales del siglo XI, que proclamaban la igualdad del hombre y de la mujer, la imagen que se impone es la de la mujer como tentadora, como ser débil, pecadora, creada del hombre y para él. Con Tomás de Aquino (1225-1274). santo y doctor de la Iglesia, esta «hija de Eva» se convierte en «una deficiencia de la naturaleza» que es «por naturaleza propia, de menor valor y dignidad que el hombre»; tras una rigurosa y aplastante demostración, el teólogo afirma que «el hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la de la inteligencia; mientras que la mujer fue ordenada con vista a la generación». Finalmente, el maestro que dedicara tantas horas y tantos libros a la cuestión fundamental del sexo de los ángeles, termina diciendo que es evidente que para cualquier obra que no sea la de la reproducción, «el hombre podía haber sido ayudado mucho más adecuadamente por otro hombre que por una mujer». No es de extrañar, pues, que el derecho canónico, elaborado en su mayor parte en este ambiente en los siglos XII y XIII. nos aparezca como tan misógino.

Acceso a la cultura
Pero entre las «superestructuras» jurídicas e ideológicas y la realidad «bajamente material», no se da siempre la simbiosis y la adecuaciónperfecta. ¿Cuál es, pues, la realidad social y personal de la mujer del medievo? A nivel «social», conviene destacar la presencia o la ausencia femenina en el acceso a la enseñanza, al trabajo y al poder. En sentido contrario a lo que suele creerse, en !a Edad Media existe, a nivel del saber y de la enseñanza, una relativa pero cierta igualdad. Empezando por las capas «bajas» de la sociedad, en su mayoría campesinas, se advierte una ausencia generalizada de instrucción, tanto para los hombres como para las mujeres; éstas participan así de las conversaciones y de la vida social en posición de igualdad con sus maridos o hermanos. En un tipo de sociedad en el cual reina el analfabetismo, la transmisión oral de la cultura se realiza tanto a través de la madre o del padre a los hijos, como entre vecinos o vecinas, etc. En su obra titulada Montaillou, village occitan. 1294-1324. al referirse a este pueblo de los Pirineos orientales, Emmanuel Le Roy Ladurie escribe: «El discurso femenino por lo tanto está, en este período, tan cargado de sentido y de seriedad como el discurso masculino» (p. 383); de hecho, las campesinas de este temprano siglo XIV hablan como -o con- sus hombres de resurrección final, de catarismo o de catolicismo, tanto como de habladurías sobre el cura, un vecino o unas vecinas. A un nivel social un poco más alto se encuentra ya una mayor diferenciación, ya que los que más estudios prosiguen son los clérigos; y la clericatura se mantuvo celosamente reservada a los varones, a pesar de la rebeldía femenina contra ese «monopolio» expresada por la abadesa de Las Huelgas de Burgos y por la de Palencia en el siglo XIII. Esa contestación costó a las abadesas la confiscación de sus rentas y la excomunión. Sin embargo, desde el siglo VI, se exigía que las monjas supieran leer y escribir. Y se puede así observar que desde los primeros siglos de la Alta Edad Media y hasta más o menos el siglo XIII, los conventos dieron una educación y una cultura no sólo a las que iban a ser monjas sino también a aquéllas destinadas «al siglo». Enrique Finke, en su obra clásica La mujer en la Edad Media. no duda en escribir: «Basta con recorrer los manuscritos de diferentes bibliotecas, escritos y redactados por canonisas de diferentes fundaciones del siglo XI. Estas mujeres conocían a Ovidio, Horacio y Virgilio... Con facilidad componían versos latinos para un amigo docto» (p 53). El caso de Eloísa, que conocía el latín, el griego. el hebreo y conoció a Abelardo cuando fue a seguir su clase de teología, es el ejemplo más conocido de esa cultura femenina medieval. Una prueba del interés intelectual de la mujer en esa época se encuentra en el párrafo que se añadió al Sachsenspiegel -recopilación de costumbres germánicas- en 1270: «Siendo cierto que los libros no son leídos más que por las mujeres, deben por lo tanto corresponderles en herencia». Con esta frase, nos encontramos ya muy lejos de la visión tradicional de la mujer medieval analfabeta, sin cultura, relegada a las tareas más humildes. Resulta interesante, además, en este panorama, notar el gran interés y la gran participación de las mujeres en todos los movimientos heterodosos o «heréticos» que surgen a lo largo de los siglos XI a XV. Participación en plan de total igualdad con el hombre en los movimientos Cátaro, Valdense o Husita, quizás porque representaban una promoción de la mujer a nivel religioso e ideológico, promoción que le negaba el catolicismo... A partir del siglo XIII, con el desarrollo de la vida urbana, se crean escuelas comunales. En 1320 existía en Bruselas una escuela para niños y otra para niñas; en esta última enseñaban unas maestras pagadas por la ciudad. Si París, en 1272, disponía de once escuelas para niños y sólo una de niñas, en 1380 se contaban veinte más para las niñas. La enseñanza era gratuita e incluía lectura, cálculo, canto, escritura y enseñanza religiosa. Existían también, en esta época, escuelas «privadas» para niñas, principalmente en Flandes y Alemania. Durante ese mismo siglo XIII, las primeras universidades se convierten en los crisoles de la cultura europea. La mayoría de ellas eran fundaciones eclesiásticas y estuvieron prohibidas a las mujeres. Sin embargo, el ambiente intelectual y el afán de saber existían entre la población femenina, hasta el punto de que en Polonia, en el siglo XIV, una joven se disfrazó de hombre para ir a seguir los cursos de la universidad de Cracovia; al cabo de dos años, se descubrió el fraude y fue expulsada. Sin embargo, en Salerno, Italia, funcionó a partir del siglo X una escuela libre de medicina que otorgaba sus diplomas a mujeres, concediéndoles licencia para practicar la medicina y la cirugía. En Bolonia y en Montpellier también hubo gran número de estudiantes femeninas en medicina, algunas de ellas dejaron escritos tratados de ginecología. A partir de final del siglo XIII, se señala la presencia de mujeres practicando la medicina, la cirugía y la oftalmología en las grandes ciudades europeas, París, Londres, etc. La mujer, sin embargo, se vio poco a poco sustituida por el varón en la práctíca del arte de la medicina y cirugía, para desaparecer finalmente de esta profesión en el siglo XVI. De ésta y de todas las demás... Sin exagerar el alcance de la instrucción y de la cultura a nivel de conjunto de la población femenina medieval, no debemos olvidar que la sociedad medieval es una sociedad económica y socialmente subdesarrollada», que no dispone de los «mass media» actuales, ni siquiera de la imprenta (inventada al final del siglo XV), que supondrá, según palabras de Carlo Cipolla en Educación y Desarrollo en Occidente: «no sólo la demanda de instrucción como inversión sino también, y sobre todo, la demanda de instrucción como bien de consumo». No podemos olvidar, por ejemplo, que a finales del siglo XIII, había en Florencia unos 8 a 10.000 niños y niñas aprendiendo a leer, de una población total aproximativa de 90.000 habitantes. Con la aparición del libro impreso, la cultura se extendió mucho más rápidamente y propagó a través de toda Europa las ideas y los ideales renacentistas..., pero-ya no alcanzó más que a los varones. El mundo intelectual y artístico se abre a nuevas influencias y a nuevos horizontes, pero excluye definitivamente a la mujer y se reduce a la parte masculina de la humanidad. El «renacimiento» es la muerte intelectual y artística de la mujer.

Acceso al trabajo
Pero la presencia de la mujer en la sociedad y su papel en ella se manifiestan al mismo tiempo por el grado de acceso al trabajo -al trabajo «productivo», por oposición al trabajo doméstico o trabajo «improductivo», así denominado por los que no lo realizan. En la economía rural la mujer nunca estuvo ausente, compartió con los varones las diversas tareas de la siembra, las mieses o la cosecha, el cuidado de los animales y el mantenimiento de la casa. La situación no ha variado desde hace siglos, si no milenios. Puede ocurrir que ciertas tareas, como la de buscar el agua, cuidar del fuego, cocinar, o incluso llevar el trigo al molino, sean reservadas más específicamente a la mujer, mientras que el hombre ara, se ocupa del ganado y lleva los paños al batán, División del trabajo pues, pero trabajo al fin y al cabo, y duro. A partir del siglo XI y del principio del desarrollo urbano, con la aparición de una burguesia cuya base económica no es la tierra sino la artesanía y el comercio, se desarrollan nuevas formas de trabajo. La incorporación de la mujer al trabajo -dividido en «oficios» o «artes»- se realizó a menudo a través de la asociación familiar: la mujer ayuda a su marido en el oficio de éste, y luego le sustituye o le sucede. En el seno de esta misma asociación familiar, el padre enseña su arte a hijos e hijas. Tenemos un ejemplo brillante: las dos estatuas que representan la Iglesia y la Sinagoga en la catedral de Estrasburgo son obra de Sabina, hija y sucesora de su padre, el gran escultor von Steinbach. De hecho, en el siglo XIII, la incorporación femenina al trabajo en las ciudades es una realidad. Los oficios que desempeñan las mujeres y en los cuales tienen un casi monopolio son, principalmente, los textiles y la confección -hilanderas, tejedoras, tintoreras, costureras o sastras y hasta lavanderas-, los relacionados con la alimentación -oficios de panaderas, «verduleras», o fabricantes de cerveza (que en Inglaterra era monopolio femenino)- y los de «taberneras» y «mesoneras». Se les encuentra también en los trabajos del cuero y del metal e, incluso, se advierte la presencia femenina en la construcción -en el transporte de material y fabricación del mortero- y en las minas inglesas a partir del siglo XIV. En los «oficios» reservados a las mujeres se encuentra la tradicional jerarquización medieval que va del aprendiz al maestro, pasando por el obrero o compañero. Se trata, pues, de una ascensión de aprendiz a la maestra, con el período intermedio, o a veces definitivo, de obreracompañera. Hay en esto igualdad total entre el hombre y la mujer trabajadores. Incluso se estipulaba en Alemania que el viudo podía suceder a su mujer «maestra» al frente del negocio, como la mujer a su marido «maestro». No obstante, en términos generales -y eso no es para sorprendernos-, los salarios femeninos solían ser inferiores a los masculinos y las más desfavorecidas eran las obreras que trabajaban en su domicilio. De ahí la participación de las mujeres en todos los movimientos revolucionarios que agitaron el «popolo minuto» de las ciudades medievales. No debemos olvidar que una nueva incorporación de la mujer al trabajo se realizó al principio de la era industrial -finales del siglo XVIII -y se efectuó sobre bases casi iguales: minas o industria textil, y salarios inferiores a los que cobraban los varones. El proceso siguiente a la fase de la incorporación femenina al mundo laboral presenta, tanto en el caso del final de la época medieval como en el de la segunda fase de la industrialización, unos rasgos muy similares. En 1461 en Inglaterra, se denunció el trabajo femenino como la causa de la falta de trabajo para el hombre. Poco a poco las diversas legislaciones europeas prohibieron el empleo de las mujeres en los oficios y éstas fueron paulatinamente sustituidas por varones en las artes que desempeñaban. Hacia 1600, la mujer habla desaparecido practicamente de la vida profesional. El siglo XVI marca así, una vez más, una regresión en lo que hoy día se suele llamar la liberación de la mujer. Este «renacimiento» mercantilista, que antecede a la era capitalista, singnifica la muerte de la mujer como entidad económica activa dentro de la sociedad. Y el «siglo de oro» la encontrará encerrada en casa, dedicada a la educación de sus hijos pequeños, a la cocina y a los cuidados destinados a un hombre, su hombre, el marido.

Clausura, matrimonio, prostitución
A nivel de la vida pública no es preciso mencionar la parte activa que tomaron mujeres como María de Molina en España o Blanca de Castilla, madre del rey San Luis, en Francia. Si la participación a la vida activa y política fue generalmente vetada a la muier -y esto no es para extrañarnos: la mujerr, hoy día, en numerosos países «evolucionados» no tiene posibilidad de intervención en la vida pública, y menos aún si está casada- se advierten sin embargo varios casos en los cuales las «burguesas», participan en la asamblea comunal con los «burgueses» o elegían diputados para las asambleas generales. En las cofradías y en los gremios ocurrió incluso que se designara por elección a una mujer como dirigente. La desaparición de la población femenina de la vida cívica empieza, al par que su desaparición en el dominio cultural y profesional, en los últimos siglos de la Edad Media, En 1431 se acusó y se quemó públicamente a una mujer por haberse atrevido a llevar un atuendo masculino y actuar como un varón: se llamaba Juana de Arco. En cuanto a lo que pudiéramos llamar la «realidad personal» de la mujer medieval, ésta difería poco, en muchos aspectos, de la realidad personal de una mujer contemporánea nuestra. En ambos casos, el campo de elección de la mujer -haya estudiado o no, ejerza una actividad fuera o dentro de casa y tenga o no acceso a la vida cívica- es muy reducido: el matrimonio, el convento... o la prostitución, En esto, se ha adoptado el esquema tradicional de nuestra civilización, reforzado por la «teoría oficial» de la Iglesia Católica: tomando como punto de partida que la mujer es naturalmente y por esencia un ser malo y pecador, para salir de este postulado se le ofrece la imagen de María, con sus dos facetas: la de virgen (el convento} y la de madre (el matrimonio). No vamos a hablar aquí detalladamente de la vida monástica femenina en la Edad Media. sino para subrayar que la clausura total, que es típica de los siglos XVI y XVII y que subsiste en el nuestro, no consiguió imponerse hasta finalizado el siglo XV, a pesar de los repetidos esfuerzos de la jerarquía eclesiástica. El matrimonio, por su parte, sea legal o ilegal -el matrimonio «de hecho» o concubinato será una de las constantes del Medievo, socialmente aceptado por una humanidad cuyo sistema de valores escapa todavía a la acción moralizadora de la ideología dominant-- no ofrece características particulares: las mujeres se casan jóvenes con hombres que les llevan diez o quince años; el número de niños nacidos puede ser elevado pero la mortalidad infantil es un factor de regulación del aumento de la población; en fin, en lo que suele llamar ahora «la tercera edad», se encuentran más viudas que viudos, tanto por la diferencia inicial de edad en el tiempo de las bodas como por la mayor resistencia física de la mujer en épocas de hambre o de epidemias. Conviene indicar también que a lo largo de una vida, tanto masculina como femenina, los matrimonios podían sucederse, legales, ilegales o alternados: dos o tres fueron caso corriente. La prostitución es anterior por supuesto al Medievo. Las prostitutas encontraron su lugar en esa sociedad medieval que no excluyó a nada ni a nadie de su seno y abarcó sin hacer distinciones tanto a los locos como a los no-locos, a los niños como a los adultos, a los enfermos como a los sanos y a los cristianos ortodoxos como a los heréticos. La intolerancia que lleva a quemar a Las brujas y a los heterodoxos, a encerrar a los enfermos, a los locos, a los niños o a las prostitutas, a no dejar coexistir el Orden con el Desorden y la Razón con la Locura (1. El concepto es de Michel Foucault en su Historia de la Locura.), esa intolerancia es la marca característica de la sociedad «moderna», la que se inicia en el siglo XVI para desembocar en nuestra sociedad contemporánea. La prostitución medieval se encuentra en calles o casas especializadas, en albergues y tabernas, y también alrededor de los baños. En la Edad Media, habían sobrevivido los baños, heredados de las termas romanas y de los baños árabes, y cada ciudad tenía uno o más establecimientos con agua fría, caliente y de vapor; y el hecho de que esos baños fueran mixtos y que los clientes de ambos sexos solieran bañarse desnudos, hizo que poco a poco la jerarquía eclesiástica consiguiera prohibir su uso y hasta su existencia. Una vez más, «progresión» en el dominio intelectual, pero regresión material e higiénica real: los contemporáneos del siglo XVI ya no se lavarán, sustituirán el uso del agua y del jabón por el de los perfumes, destinados a ocultar otros olores...

«El amor cortés»
Llegados a este punto, cabe plantear el problema del «anti-femenino», que conseguirá acabar con esa muy relativa igualdad de la mujer con el varón. A una sociedad que acepta o «tolera» la presencia de la mujer en la mayoría de los sectores de la vida social, cultural e, incluso, política, sucederá una sociedad de varones y para varones, ya no una verdadera «sociedad» sino un «club for men only». Esta «revolución» -tomada la palabra «revolución» en su sentido de cambio total, sin darle una connotación peyorativa o admirativa- este gran giro en el pensamiento civilizado occidental se sitúa alrededor del siglo XIV. Viene preparado ya desde el anterior, principalmente por la filosofía misógina de Santo Tomás de Aquino que proporciona una «demostración» lógica, en el terreno ideológico, de la inferioridad de la mujer. Pero algo mucho más grave que la ideología tomista -mucho más grave por el alcance y el éxito que obtuvo- iba a originar una visión radicalmente destructora del ser femenino: el movimiento cultural que propugnó «el amor cortés». Así, se llega a oponer la poesía de los trovadores meridionales -basada en el amor, generalmente sin esperanza ni posibilidad de realización efectiva, del poeta hacia su dama- a la «rudeza» y «brutalidad» de las costumbres que reinaban entonces, por lo que el «amor cortés», en esta perspectiva, representaría a la vez un paso adelante en el camino de la civilización y una promoción de la mujer, desde entonces «señora» y «dueña» del corazón de su amante. Que este movimiento literario signifique un refinamiento hacia costumbres más «civilizadas» es indudable. Es dudoso, sin embargo, que significase una promoción para la mujer. Porque, en toda la literatura cortés, la mujer aparece como el «ser amado» al cual rinde su homenaje el amante; «ser amado» -y no «ser que ama»- que se convierte en un ser pasivo, casi inexistente, objeto del amor del poeta. Un objeto bello, hermoso, dotado de todas las cualidades, hasta la de hacer sufrir al amante, pero objeto al fin y al cabo. A la mujer se la glorifica, se la deifica, se la compara a una flor, a una diosa o a la Virgen María; en resumen, se la coloca en un pedestal: ha dejado de existir como sujeto activo, para convertirse en el objeto pasivo del amor, del odio o de la indiferencia masculina. Al varón le bastan sus propios versos, sus deseos o sus quejas, ya no necesita respuesta: él se ha transformado en el único sujeto, en el único ser activo, y la mujer será su creación personal como objeto de su pensamiento. Dentro de este panorama, un tercer factor contribuirá al cambio de mentalidades, un factor socioeconómico: el «aburguesamiento» general de la mente colectiva, que tiende -como constante de su ideología- a reduccir a la mujer a su papel de madre y ama de casa. Está comprobado ya que el «espíritu burgués» ensalza la Naturaleza y rebaja a la mujer (ver el pensamiento de J. J. Rousseau). En esta línea apareció, al final del siglo XIII, la «Novela de la Rosa», en cuya segunda parte el autor, bajo una exaltación de la Naturaleza, desarrolla largamente el tema de la perfidia, de la innob!eza y de la corrupción del ser femenino, comparándolo -¡qué originalidad!- con la serpiente. El movimiento antifemenino inició así su carrera, que no decreció nunca desde entonces hasta nuestros días. Hacia 1400 se dejó oír la primera voz femenina de protesta, la de la poetisa Cristina de Pisan. Pero no pudo detener la marejada que se extendía por Europa y excluía poco a poco a las mujeres, tanto aI acceso a la cultura como de la actividad social o cívica, El antifeminismo del final de la Edad Media, originado por la filosofía oficial de la Iglesia, un movimiento literario y la aparición del fenómeno burgués, desembocó así en el llamado período del Renacimiento. Mundo oscuro y cerrado en muchos aspectos, y particularmente en todo lo que toca a la mujer, el renacimiento consagra el triunfo de un ideal masculino heredado de la Antigüedad y el triunfo de la moral religiosa que se desarrolla tanto al amparo de las teorías de Lutero o de Calvino como al de la Contrarreforma católica. Epoca de intolerancia, de guerras de religión, de «encerramiento» de todos los que no son «conformes», marca el triunfo de la reclusión de la mujer -en el convento, en su casa o en la cárcel-, el invento del «corsé» que impide todo movimiento libre,y el principio de la represión sexual. La opresión de la mujer, en estas condiciones, ¿de qué es fruto?, ¿de un Medievo apodado de «bárbaro» o de una época moderna que se inicia con el auge del arte y del intelectualismo y desemboca en el triunfo de la ciencia... y del armamentismo?





Pedro Pablo Rubens (1577-1640). Detalle del dibujo "Mujer joven mirando abajo (estudio para la cabeza de Santa Apolonia)". Se cree que es el retrato de una muchacha de 14 años, Helene Fourment, que luego fue la segunda esposa de Rubens.

Aunque Tomás de Aquino († 1274) se limita en el fondo a sistematizar lo que fue la opinión general en la edad de oro de la Escolástica, y a pesar de que -en lo que atañe a la recepción de la biología de Aristóteles- no dice sino lo que su maestro Alberto Magno expuso con mayor detalle, pero con menos orden, sin embargo tenemos que adentrarnos más en la ética sexual de Tomás porque sus explicaciones han sido determinantes hasta nuestros días. En la moral sexual, Tomás ha sido hasta hoy, junto con Agustín, la autoridad. En su obra clásica católica Die Lehre des hl. Augustinus van der Paradiesesehe und ihre Auswirkung in der Sexualethik des 12. und 13. Jahrhunderts bis Thamas van Aquin (1954) Michael Miiller dice de la doctrina de Tomás que «sorprendentemente, en el material de las cuestiones concretas, es en la mayoría de los casos casi sólo una reproducción de las habituales opiniones de la corriente más rigorista dentro de la escuela, apuntaladas con enseñanzas aristotélicas» (p. 255). Fuera de que en esto no hay nada «sorprendente», es atinada esta caracterización de la obra del teólogo católico más grande. Sólo quien crea que en la Iglesia católica cambió algo esencial respecto de la difamación y menosprecio de las mujeres desde Agustín en los siglos IV y v hasta Tomás en el siglo XIII, o que, a la vista de la influencia descollante ejercida por Tomás, algo habría cambiado desde el siglo XIII hasta el siglo XX, tiene que comprobar «con sorpresa» que, en lo esencial, todo sigue como estaba. Tomás escribe: «La continencia permanente es necesaria para la religiosidad perfecta ... Por eso fue condenado Joviniano, que situaba el matrimonio en el mismo plano que la virginidad» (S. Th. II-II q. 186 a. 4). Y Tomás repite en numerosas ocasiones lo que Jerónimo ya había calculado en el final del siglo IV y principios del siglo v: que los vírgenes obtienen el ciento por ciento del salario celestial; los viudos, el sesenta por ciento, y los casados, el treinta por ciento (S. Th. II-II q. 152 a. 5 ad 2). Quien intente hoy elevar el matrimonio al mismo rango de la virginidad será considerado, igual que antaño, como alguien que rebaja la virginidad hasta el bajo escalón del matrimonio y que difama a la virgen por antonomasia, a María. Tampoco en la posición de la mujer frente a la Iglesia machista se ha producido ni el cambio más insignificante.
Que todas las desgracias de la humanidad comenzaron en cierta medida con la mujer, concretamente con Eva, que a través de ella se llevó a cabo la expulsión del paraíso -recordemos que hasta finales del siglo XIX la jerarquía de la Iglesia católica concibió el relato del Génesis sobre la creación y el pecado original más o menos en el sentido de un informe documental que debía ser tomado al pie de la letra-, eso ya lo había escrito Agustín. ¿Por qué el diablo no se dirigió a Adán, sino a Eva?, pregunta él. Y el mismo Agustín responde diciendo que el demonio interpeló primero a «la parte inferior de la primera pareja humana» porque creyó que «el varón no sería tan crédulo y que se le podía engañar más fácilmente mediante la condescendencia frente al error ajeno (el error de Eva) que mediante su propio yerro». Agustín reconoce a Adán circunstancias atenuantes. «El hombre condescendió ante su mujer. .. coaccionado por la estrecha vinculación, sin tomar por verdaderas sus palabras ... Mientras que ella aceptó como verdad las palabras de la serpiente, él quiso permanecer unido con su única compañera, incluso en la comunidad del pecado» (De civitate Dei 14, 11). El amor a la mujer arrastra al marido a la ruina.
La monja Hildegarda de Bingen († 1179) toma la explicación de Agustín y la clarifica aún más: «El diablo ... vio que Adán sentía un amor tan ardiente por Eva que haría cuanto ella le dijera» (Scivias I, visio 2). Todo esto no es más que la vieja y machacona condena de la mujer, pues ésta es el enemigo por antonomasia de toda teología celibataria, e incluso las mujeres han aceptado con excesiva frecuencia su propio sexo como una especie de lepra querida por Dios.
Los teólogos del siglo XIII -sobre todo Alberto y Tomás- utilizaron a Aristóteles para reforzar el viejo desprecio agustiniano hacia la mujer. Aristóteles abrió los ojos de los monjes para que captaran el motivo más profundo de la inferioridad de la mujer: ésta debe su existencia a un error de conducción y a un descarrilamiento en su proceso de formación; en efecto, ella es «un varón fallido», «un varón defectuoso». A pesar de que esta idea de Aristóteles encajaba en la machista Iglesia agustiniana tan extraordinariamente bien como la ausente tapadera en la olla, sin embargo la recepción de este descubrimiento biológico de Aristóteles no se vio libre de reticencias e impugnaciones. Guillermo de Auvernia († 1249), magister regens de la universidad de París y obispo de esta misma ciudad desde 1228, opinó que si cabe concebir a la mujer como un varón defectuoso, entonces también es posible calificar al varón como mujer perfecta, lo que tiene un preocupante sabor a «herejía sodomita» (= homosexualidad) (De sacramento matrimonii 3). Pero el temor de los hombres de Iglesia a tomar de Aristóteles el alto aprecio en que los misóginos griegos tenían a la homosexualidad fue más débil que el deseo de dar finalmente con una explicación convincente de la subordinación de la mujer al varón. Los patriarcas de la teología católica aceptan gustosos que el patriarca de los filósofos paganos les adoctrine en este punto concreto. Después de que los hombres (paganos y cristianos) hubieron recluido a la mujer con los hijos en la cocina y se hubieran arrogado para sí todas las restantes actividades en la medida en que parecían interesantes, cayeron en la cuenta (tanto los hombres cristianos como los paganos) de que el varón es «activo» y la mujer «pasiva». Y, según Alberto Magno, este hecho de la actividad masculina confiere al varón una mayor dignidad. No duda en afirmar que la frase de Agustín de que «lo activo es más valioso que lo pasivo» es absolutamente «acertada» (Summa theol. ps. II tr. 13 q. 82 m 2 obj. 1; cf. Michael Müller, Grundlagen der kathalischen Sexualethik, 1968, p. 62).
Esta actividad masculina y la pasividad femenina se refieren según Aristóteles también al acto de la procreación: el varón «procrea», la mujer «concibe» el hijo. Hasta nuestros días, los usos lingüísticos no han tomado en cuenta que K. E. van Baer descubrió ya en 1827 el óvulo femenino, con lo que quedó demostrada la participación paritaria de la mujer en la procreación. La idea de que el semen masculino es el único principio activo de la procreación se afirmó de tal modo gracias a Tomás de Aquino que la jerarquía eclesiástica ignora todavía hoy el descubrimiento del óvulo femenino, ante las consecuencias que se desprenderían de ese hecho, por ejemplo, para la concepción de Jesús. Si hasta el año 1827, hasta el descubrimiento del óvulo femenino, se pudo decir que María había concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, ya no es posible mantener tal afirmación sin negar el óvulo femenino. Pero si se acepta tal hallazgo, se negaría la actividad exclusiva de Dios, y la concepción por obra del Espíritu Santo sería entonces una concepción sólo al cincuenta por ciento (cf. Uta Ranke-Heinemann, Widerwarte, Goldmann TB, 21989, p. 287 ss.).
La idea de la exclusiva actividad masculina en la procreación no fue inventada por Aristóteles. Ella se corresponde con la imagen que el varón tenía de sí con anterioridad. Ya Esquilo (t 525 a.c.), el padre de la tragedia occidental, ve al varón como progenitor exclusivo. Por eso, el hecho de que Orestes matara a su madre Clitemnestra no es tan grave como si hubiera asesinado a su padre. «La madre no es fuente de la vida para el hijo que la llama madre, sino que cría el joven germen; el padre procrea, ella conserva el retoño», opina Apolo. Éste se refiere luego a Palas Atenea, que nació de la cabeza de su padre Zeus. «También sin madre se puede ser padre: lo atestigua la hija de Zeus, el Altísimo, la cual no creció en el sombrío seno materno». Atenea, la hija de padre, dice a continuación: «Porque no hubo una madre que me pariera. Vivo exclusivamente en el padre, por eso considero menos punible el asesinato de la mujer» (Esquilo, Orestíada, 3.a parte, 627 ss.).
Las concepciones menospreciativas que ven a la mujer como una especie de florero para el semen masculino recibieron de Aristóteles la forma de una teoría que sobrevivirá durante milenios. Aristóteles, Alberto y Tomás ven esto de la siguiente manera: según el axioma de que «todo principio activo produce algo semejante a él», en realidad siempre deberían nacer varones. Sin embargo, mediante circunstancias desfavorables, nacen mujeres, que son varones fallidos. Aristóteles llama a la mujer arren peperomenon («varón mutilado») (De animalium generatione 2,3). Alberto y Tomás traducen esa expresión con mas occasionatus. Alberto Magno escribe que «occasio significa un defecto que no se corresponde con la intención de la naturaleza» (De animal. 1, 250). Esto significa para Tomás «algo que no ha sido querido en sí, sino que dimana de un defecto» (In II sent. 20,2, 1, 1; De verit. 5, 9 ad 9).
Por consiguiente, toda mujer lleva a cuestas, desde su nacimiento, un fracaso: la mujer es un fracaso. Las circunstancias adversas que hacen que el varón no procree algo tan perfecto como él mismo son, por ejemplo, el húmedo viento del sur con abundantes precipitaciones, mediante lo que nacen personas con un mayor contenido de agua, escribe Tomás (S. Th. 1 q. 92 a. 1). Él conoce también qué consecuencias tiene esta circunstancia adversa: «Porque en las mujeres hay más cantidad de agua, por eso pueden ser seducidas más fácilmente por el placer sexual» (S. Th. III q. 42 a. 4 ad 5). Resistir al placer sexual les resulta más difícil por el hecho de que ellas poseen «menos fuerza de espíritu» que los varones (II-II q. 49 a. 4). También Alberto responsabiliza parcialmente al viento en e! nacimiento de varones y mujeres: «El viento del norte incrementa e! vigor, ye! viento del sur lo debilita ... El viento de! norte contribuye a la procreación de lo masculino; el viento del sur, a la procreación de lo femenino, porque el viento del norte es puro, purifica y depura las evaporaciones y estimula el vigor natural. Pero el viento del sur es húmedo y portador de lluvias» (Quaestiones super de animalibus XVIII q. 1). Tomás tiene la misma opinión al respecto (S. Th. I q. 99 a. 2 ad 2).
La mujer es, pues, un producto de la polución ambiental, un engendro monstruoso. Ella no responde -opina Tomás en su lenguaje más filosófico y abstracto que ecológico y plástico- «a la primera intención de la naturaleza», que apunta a la perfección (al varón), sino «a la intención secundaria de la naturaleza, como putrefacción, malformación y debilidad de la edad» (S. Th. Suppl. q. 52 a. 1 ad 2). La mujer es, pues, un producto secundario de la naturaleza, que se da cuando fracasa la primera intención de la naturaleza, que apunta a los varones. Ella es un varón frenado en su desarrollo, pero Dios cuenta de alguna manera con ese fallo que es la mujer. A decir verdad, no lo ha programado Dios de forma primera, sino secundaria o como fuere, pues «la mujer está destinada a la procreación» (S. Th. I q. 92 a. 1). Pero ahí se agota la utilidad de la mujer para los machistas y monacales ojos de Tomás.
Tomás cita a Agustín sin nombrarlo; dice que la ayuda para la que Dios creó la mujer para Adán se refiere exclusivamente a una ayuda en la procreación, pues, para las restantes actividades, un varón sería mejor ayuda para el varón. También Alberto había dicho eso mismo (In II sent. 20,1 e In IV sent. 26,6). Los teólogos varones habían interiorizado a Agustín. Para la vida espiritual del varón, la mujer no tiene importancia alguna. Al contrario. Opina Tomás que el alma del varón cae de su elevada altura mediante el contacto de la mujer, como enseñaba Agustín, y su cuerpo queda bajo el dominio de la mujer, es decir, en «una esclavitud más amarga que cualquier otra» (In 1 Cor 7,1). Tomás cita a Agustín: «Nada arrastra hacia abajo tanto al espíritu del varón como las caricias de la mujer y los contactos corporales, sin los que un varón no puede poseer a su esposa» (S. Th. II-II q. 151 a. 3 ad 2).
La mujer posee menor fuerza física y también una menor fuerza espiritual. El varón tiene «una razón más perfecta» y una «virtud (virtus) más robusta» que la mujer (Summa contra gent. III, 123). A causa de su «mente defectuosa», que, además de en las mujeres, «es patente también en los niños y en los enfermos mentales», la mujer tampoco es admitida como testigo en asuntos testamentarios, opina Tomás (S. Th. II-II q. 70 a. 3). (El derecho canónico prohibía a la mujer hacer de testigo en asuntos testamentarios y en procesos criminales; en los restantes casos se les admitía como testigos). También los hijos deben respetar la superior calidad de su padre: «Hay que amar más al padre que a la madre, porque él es el principio activo de la procreación, mientras que la madre es el pasivo» (S. Th. II-II q. 26 a. 10).
Incluso en el acto conyugal existen diferencias: «El marido tiene la parte más noble en el acto marital, y por eso es natural que él tenga que sonrojarse menos que su esposa cuando exige el débito conyugal» (S. Th. Suppl. q. 64 a. 5 ad 2). Porque el acto marital «posee siempre algo vergonzante y causa sonrojo» (S. Th. Suppl. q. 49 a. 4 ad 4). Las mujeres son también más proclives a la incontinencia que los hombres, opina Tomás remitiendo a Aristóteles (S. Th. II-II q. 56 a. 1). El Martillo de Brujas ve más tarde (1487) en este estado de cosas la razón por la que se dan más brujas que brujos (I q. 6).
Como ser deficiente y anclado en cierta manera aún en el estado del niño, la esposa está capacitada para parir, pero no para educar a los hijos. La educación espiritual de los hijos sólo puede ser llevada a cabo por el padre, pues él es el guía espiritual. Tomás razona en buena medida la indisolubilidad del matrimonio diciendo que «en modo alguno basta la mujer» para la educación de la prole, sino que el padre es más importante que la madre para la educación. Por su «inteligencia más perfecta», él puede «adoctrinar» mejor la inteligencia del niño; y, como consecuencia de su «virtus más robusta» -virtus significa tanto «fuerza» como «virtud»-, está él en mejores condiciones para «mantenerlos a raya» (Summa contra gent. III, 122).
Según Tomás, también existe otra razón que apuntala la indisolubilidad del matrimonio: «En efecto, la mujer necesita al marido no sólo para la procreación y educación de los hijos, sino también como su propio amo y señor», pues el varón es, como repite Tomás, de «inteligencia más perfecta» y de «fuerza más robusta», es decir, más «virtuosa». Se creen muchos varones que, por tener más fuerza física (virtus), también poseen más virtud (virtus). Por eso cabe la posibilidad de verter el término latino virtus (de vir = varón) con los vocablos virtud, fuerza o, sencillamente, virilidad, pues ya en tiempo de los romanos la virtud tenía su origen conceptual en la fortaleza viril. Existen buenas razones para pensar que la primera nobleza que emergió entre los hombres, que reservó un privilegio a unos sobre otros, a los varones sobre las mujeres, y a los varones de Iglesia sobre las mujeres de Iglesia, fue aquella con la que los más fuertes se asentaron como señores de los más débiles, granjeándose así gloria y honor. De ese modo, la fuerza y la valentía (virtus) masculinas en la guerra se convirtieron en sinónimo de «virtud».
Sea como fuere, opina Tomás que la mujer «está sometida al marido como su amo y señor» (gubernator), pues el varón tiene una «inteligencia más perfecta» y una «virtud más robusta». ¿A qué se refiere en realidad? ¿A «fuerza» para mantener a su mujer a raya o a «virtud» para adoctrinarla? Sin duda, Tomás se refiere a ambas cosas. En cualquier caso, la esposa obtiene de su más inteligente, virtuoso y robusto marido idénticas ventajas que sus hijos, a los que el padre «adoctrina y mantiene a raya» (Summa contra gent. III, 123; 122). Que, por el contrario, el marido sólo necesita a la esposa para la procreación y que en todo lo demás estaría mejor servido con un segundo varón es algo que ya sabemos.
«Porque las mujeres están en estado de subordinación», tampoco pueden recibir el sacramento del orden, opina Tomás (S. Th. Suppl. q. 39 a. 1). Este hecho de la subordinación a los varones es para Tomás el verdadero motivo de que se niegue el ministerio eclesiástico a la mujer. Pero Tomás se contradice a sí mismo cuando habla en otros lugares de mujeres que existen en estado de no subordinación a los varones: «Al hacer el voto de castidad o el de viudedad y desposar así a Cristo, son elevadas a la dignidad del varón (promoventur in dignitatem virilem), con lo que quedan libres de la subordinación al varón y están unidas de forma inmediata a Cristo» (In 1 Cor, cap. 11, lectio 2). Pero Tomás no llega a responder por qué tampoco esas mujeres tienen derecho a ser sacerdotisas. Quizás la causa radique más en los varones que en las mujeres. Además, Jerónimo ya había expresado la abstrusa idea de que «una mujer deja de ser mujer» y puede ser llamada «varón» «si ella quiere servir más ;;l Cristo que al mundo» (Comm. ad Ephesios, lib. III, cap. V).
Permítasenos hacer aquí una observación de pasada: aun reconociendo lo nefasta que es esta denigración de la mujer por la Iglesia, hay que decir con toda claridad que no es cierto que la Iglesia haya llegado incluso a dudar en algún momento de que las mujeres tengan alma o de que sean seres humanos. Se escucha y se lee con frecuencia que en un concilio, concretamente en el segundo sínodo de Macon (585), se llegó a discutir si la mujer tiene alma. Eso no es exacto. No se habló en el concilio sobre el alma. Gregario de Tours, que asistió a ese sínodo, relata que un obispo planteó la pregunta de «si la mujer puede ser designada como homo». Se trata, pues, de una cuestión filológica que, a decir verdad, se suscitó por la valoración más alta que los hombres se habían atribuido: homo significa tanto hombre (ser humano) como varón. Todavía hoy es idéntico en todas las lenguas románicas y también en el inglés el término para hombre y varón. Si los varones acaparan para sí el término hombre, ¿qué queda para la mujer? ¿Es también ella un hombre-varón, un varón-hombre? Es claro que no se puede designada como varón. Informa Gregorio de Tours que los restantes obispos remitieron al interpelante al relato de la creación, según el cual Dios creó al ser humano (homo) como varón y mujer, así como también a la denominación de Jesús como Hijo del Hombre (filius hominis), a pesar de que él es, sin duda, «Hijo de la Virgen», es decir, hijo de una mujer. Mediante estas clarificaciones se dilucidó la pregunta: el término homo debe aplicarse también a las mujeres. Significa, junto al concepto de varón, también el de ser humano (Gregario de Tours, Historia Francorum 8,20).
No sólo en la denigración de la mujer, sino también en la animosidad contra lo sexual y contra el placer se siente respaldado Tomás por Aristóteles. La observación de Aristóteles de que el placer sexual obstaculiza la actividad mental (Etica a Nicómaco 7, 12) es como agua para su molino, le corrobora en su pesimismo sexual de cuño agustiniano. Toma una cita de Aristóteles sacada de Homero, según la cual Afrodita «trastorna los sentidos hasta de los más inteligentes», y subraya que «el placer sexual oprime por completo el pensamiento» (S. Th. II-II q. 55 a. 8 ad 1). Tomás repite incesantemente que «el placer sexual inhibe por completo el uso de la mente», que «oprime la inteligencia» y que «absorbe el espíritu».
Hoy nos resulta ya difícil captar en toda su magnitud con qué rechazo fanático contempla Tomás (principalmente él, pero, con él, toda la teología basada en Agustín) el acto sexual, razonando que éste «oscurece» la mente e incluso la «elimina». Tomás afirma que las relaciones sexuales frecuentes llevan a la «debilidad de la mente» (mentem enervat; In IV sent. d. 33 q. 3 a. 3 ex.). Sus motivos no son, pues, en primer lugar de naturaleza teológica, y sólo puede comprender sus angustias primitivo­biológicas quien opine todavía hoy que el coito frecuente atonta y provoca la destrucción de las células cerebrales. Algo de esto parece querer indicar Tomás con el verbo latino enervare. Por eso, en la descripción de la virginidad, «la virtud más hermosa» (S. Th. II-II q. 52 a. 5), añade, de su propia cosecha, un elemento: la libertad frente al «deterioro de la mente» (corruptio rationis), causado por la vida sexual (In IV sent: d. 33 q. 3, 1 sol. y ad 4). Al parecer, los celibatarios no sólo tienen la pretensión de poseer más gracia ante Dios mediante su tipo de vida (el ciento por ciento frente al treinta por ciento de los casados), sino también la de disponer de más inteligencia, pues ésta no sufre deterioro en ellos, pero, lamentablemente, no señalan junto a su cociente de santidad también su cociente intelectual, aunque es seguro que éste también suscitaría el interés general.
La relación entre sexualidad y pecado original, así como la degradación del espíritu mediante el placer sexual, sirvieron de principios fundamentales a Agustín para desarrollar su doctrina de los bienes compensatorios que hacen disculpable el matrimonio. Tomás recogió esa doctrina. Cierto que (como Agustín) califica el placer del acto sexual no como absolutamente pecaminoso, pero sí como consecuencia penal del pecado original. Por eso son necesarios los bienes que disculpan el matrimonio, de los que el principal es la prole. En línea con Agustín, Tomás afirma: «Ninguna persona razonable puede aceptar una pérdida personal si ésta no es compensada por otro bien igual o mayor». Mas el matrimonio es una condición en la que se experimentan pérdidas: el placer engulle la mente, como dice Aristóteles, y vienen las «tribulaciones de la carne», como enseña Pablo. Por eso, la decisión de contraer matrimonio debe ser tenida como conforme a orden sólo cuando, frente a este daño, «se da una compensación adecuada que haga honorable el matrimonio: eso es lo que hacen los bienes que disculpan el matrimonio y lo convierten en honroso». Tomás lo compara con la bebida y la comida: dado que éstas no absorben la inteligencia, tampoco necesitan el correspondiente contrapeso. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la comida y la bebida, «la fuerza sexual -mediante la que se transmite el pecado original- está infectada y corrompida» (S. Th. Suppl. q. 49 a. 1 ad 1). Para Tomás, «la oposición de la carne al espíritu, que se hace perceptible sobre todo en los órganos responsables de la procreación, es un castigo mayor que el hambre y la sed, pues éstos son de orden exclusivamente físico, mientras que aquélla es también espiritual» (De malo 15, 2 ad 8). Hasta el jesuita Fuchs considera que esta visión de Tomás es «algo unilateral» (Die Sexualethik des hl. Thomas van Aquin, 1949, p. 40).
Lo de que el placer sexual transmite el pecado original no significa que quien no siente nada no transmite nada. De lo contrario, los hijos de los frígidos estarían libres de pecado original. Pero los teólogos también pensaron en esto. Tomás expone: «Si por la virtud de Dios se concediera a alguien la gracia de no sentir placer desordenado en el acto de la procreación, incluso en este caso ese tal transmitiría el pecado original al hijo», ya que en el placer sexual que es el transmisor del pecado original no se trata del placer sexual actual (sentido en el instante de la procreación), sino del placer sexual habitual (basado en la condición humana), y ésta es igual en todas las personas (S. Th. I-II q. 82 a. 4 ad 3). Por consiguiente, tampoco los frígidos tienen escapatoria alguna, albergan una voluptuosidad latente, tienden al placer que engulle al espíritu, yeso es suficiente. Ni siquiera el don de Dios que les ahorra en el acto de la procreación el placer concreto que obnubila el espíritu puede obrar ahí cambio alguno. Ni una pareja de casados escapa de la malla tejida por los teólogos. Que solamente los padres de María son una excepción de la regla es algo que quedó fijado sólo en el año 1854, en el dogma de la concepción inmaculada de María. Según Tomás de Aquino, la ausencia de pecado original era prerrogativa exclusiva de Jesús, no de María. Opina: puesto que todo acto conyugal significa una «corrupción» y una «contaminación» (pollutio) del seno materno, no tuvo lugar en María -«por el motivo de la pureza y de la no contaminación»- copulación alguna en la concepción de Jesús (In Math. 1 [19: 247]). Según Tomás, sólo Jesús fue concebido de forma pura, sin infección sexual, sin sufrir el contagio del pecado original en el acto conyugal de la procreación. El jesuita Josef Fuchs, experto en santo Tomás, opina al respecto: «No es posible esbozar con precisión qué entiende Tomás por esta "impureza" de lo sexual» (l. c., p. 52). Sobre todo cuando se trata del príncipe de los teólogos, de Tomás de Aquino, los teólogos tienden a interpretado todo en el mejor sentido. Y cuando eso no es posible, optan por decir que no entienden a Tomás, en vez de reconocer con claridad que Tomás dice insensateces y que fue víctima de la sinrazón del otro gran teólogo, de Agustín.



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